Pedir ayuda

En mi vida, siempre que me ha surgido un problema, me lo he puesto por montera y he gritado a los cuatro vientos: “Soy Juan Palomo, yo me lo guiso, yo me lo como”.

Siempre he tenido claro, que si yo me meto en un problema, tengo que ser yo la que tiene que salir de él. Pero resulta que ahora estoy en un problema del que no sé salir, y a pesar de estar años sin pedir ayuda (excepto profesional que a veces, más que ayudar me ha puesto más en el hoyo), pues creo que tengo que ser valiente, sí ser valiente y pedir ayuda de verdad.

Sí, de verdad. Porque, si soy honesta conmigo misma, y ya está visto que mentirme tampoco me sirve de mucho, no he contado todo lo que sé que necesita ser tratado en terapia o donde sea. No lo he hecho, porque tengo dos defectos bastante grandes: darme cuenta de las cosas que la mayoría no se da cuenta y el orgullo. Yo sé que estas personas están ahí para ayudarte y sé que seguramente han escuchado historias bastante difíciles, y extrañas. Pero no dejan de ser personas, con sus prejuicios, sus miedos y sus cosas. Cuando he ido, voy tocada, sí, pero con bastante entereza. Soy tan elocuente y hablo con tanta propiedad que claro, quien me oye dice, bah, tú lo que tienes es un bachecillo. Conscientemente oculto parte del problema (que no es menudo) porque me da miedo lo que voy a leer en su cuerpo, en su expresión, en su mirada. Me inyectan el chute de seguridad que me hace falta, a 60 euros la hora, que me dura unos días, y vuelta al ruedo. Invitar a los amigos a unas cerves me saldría más barato y tendría los mismos efectos.

Porque yo sé, que si cuento todo lo que he pasado, y que además lo he llevado en el más estricto de los silencios, me da miedo leer en su mirada la lástima, el pensar, pobre, con lo normal que parecía. Me da miedo acojonarme por si todos los estudios y estadísticas del mundo están en mi contra. Recuerdo que mi primera psicóloga, un cielo de persona y que me ayudó mucho a tener un pelín más de confianza en mí, me decía, “hay cada cosa por ahí”. Y yo, secretamente me decía, “glups”, yo soy una de esas “cosas” que hay por ahí. Cómo mierda se lo cuento ahora, que se cree que soy normal. 😦

La vergüenza, el admitir que lo mismo se te ha ido de la mano lo de Juan Palomo, la culpa, el no querer siquiera recordar, el no admitir que te has degradado hasta límites insospechados, con lo que tú eres, con lo que se cree todo el mundo que eres, la mujer de hierro, ja, hierro, aleación de metales a prueba de desastres nucleares. ¡Ésa soy yo!.

Pues no. Resulta que sigo siendo humana. Y necesito ayuda. Y no sólo de un profeisional, porque hay cosas que como el tiempo, no se elijen, sino de amigos, familia. Sólo así se podrá romper el círculo. Espero. Porfa. Va.

La pregunta ahora es: ¿Y seré capaz? El orgullo, el miedo, ah, porca miseria.

Supongo que si fui capaz de nadar 2,5 km en aguas de 16ºC infestadas de medusas y de volar con un cacharro sin motor, con el miedo que me da volar, igual, sólo igual, esto debería resultarme un poco fácil (sabía que el día en que echara mano de mis “proezas” en desafío a mis miedos daría sus frutos. Mujer de poca fé).

Fácil no es ni de coña. Eso lo digo desde ya, pero en aras de salir de la zona de confort y de conquistar la zona mágica, habrá que saltar.

Porque sí, a veces la única manera de ser fuerte es siendo vulnerable.

To be continued…

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