Calma tras la tormenta

Ayer, por fin, fue un día de mierda.

Que me alegre de que sea un día de mierda puede que sea visto como raro, pero siendo como soy, una experta con décadas de experiencia en eventos cacosos (con PhD Summa Cum Laude), sé que los días de mierda son como esos desatascadores de goma. Su trabajo es ingrato, pero el resultado es impecable. Por fin el agua corre y se deja de acumular mierda. De ahí el nombre del día.

Además, ayer tuve la fantástica idea de empezar a mover mis músculos para algo más que ir al baño, y decidí salir de casa, tras 2 días y medio de reclusión voluntaria. Los días eran demasiado bonitos hasta ese momento, me dije. Si salgo, no habrá manera de deprimirse. Sí, quizás para el querido lector esto sea otra vez, raro, pero es que, en ocasiones, cierta gente que estamos más o menos transitoriamente más pa’yá que pa’cá, eso de rodearnos de cosas alegres que nos hacen sentir aún más miserables, ni lo contemplamos como opción. Podría hablar de circuitos neuronales, de imbalances bioquímicos y todo eso, pero para quien le interese, siempre tendrá la wikipedia.

Total, que salí, como a las 18:30 y me planté en la parada del bus para ir al centro. El centro, es donde las cosas ocurren en esta ciudad. Fuera del centro, esto es Mordor, sólo que habiendo vivido dos años en Mordor, el Mordor sevillano es realmente unos 15 grados más acogedor. Pero Mordor al fin y al cabo.

En el viaje de ida tuve suerte, porque me dejaron disfrutar de mi melancolía en paz. Pude contemplar a través de los cristales, sin música, el caos más obsceno de luces y tráfico ahí fuera. Cuando llegué, mi idea era cruzar el centro, igual tomarme algo y hacerme algún autoregalo. Me lo imaginaba todo, no sé, como bonito, navideño, tranquilo. Un poco como los anuncios de Navidad.

Pero se me había olvidado que estoy en el sur del sur. Aquí nada es tranquilo. La gente son partículas que se mueven sin ton ni son, como si estuvieran metidas dentro de una olla en un líquido en ebullición. En otro momento me hubiera hecho hasta gracia de que aquí la gente tenga sangre en lugar de horchata en las venas, pero teniendo en cuenta mi nivel nulo de energía, mi sentir de mierda y mi escasa tolerancia a los ruidos y faltas de civismo (qué asco, en el fondo soy una alemana de mierda, con perdón alemanes, si me leéis, que sepáis que sois unos aguafiestas de cojones), gracia me hizo más bien poca.

No sé cómo, pero fui capaz de cruzar el centro medio entera. Horrible sería un adjetivo demasiado benévolo para lo que fue. No sé como no me dio un ataque epiléptico de tanta señal luminosa. Creo que ya sé que se siente en medio de una batalla. Me sentía en pleno campo de batalla, arrastrándome por el barro, sin ver un carajo, pero había un algo que tiraba de mí. Cruzar centro. Cruzar centro. Deshumanizarse y deshumanizar por cuestiones primarias de supervivencia.

Al llegar a mi meta no me quedaban ganas de nada, así que me dispuse a pillar el bus de vuelta, otro diferente. Vi la súper cola y me quise DE morir. Tras mi batalla me di cuenta de que me había equivocado de camino y que tenía que ir al lugar de origen. Casi me pongo a llorar. Pues nada, me doy la vuelta y voy al punto de inicio. Esta vez, por salud mental, escogí calles secundarias.

Y esta es mi historia de como a veces el salir a despejar la cabeza es una idea muy mala. Pero fue tan mala que permitió que mi día de mierda llegara a su cénit y que pasara de simple día de mierda a Súper Día de Mierda Premium. Cuando llegué a casa, me encerré en mi bunquer, me relié la manta, me acurruqué en un rincón, haciendo leves balanceos para mantener mi cordura mientras seguía repitiendo el mantra de los últimos 40 minutos “no abrir la cabeza con el móvil y espachurrar sus sesos al hombre de las señales del whatsupp….”. Cuando me supe segura de los orcos, encendí el ordenador, rezando jesusito de mi vida, que los aliens no hayan destruido las comunicaciones y mandé el e-mail a la primera persona que quizás pueda sacarme de mi gris casi negra existencia. Porque yo siempre tuve una orientación muy mala. Pero mala, mala.

Y me ha contestado. Tengo cita para el próximo miércoles.

Y siento alivio y miedo. Porque ahora sé que voy a lo que voy. Sin medias tintas. Y no me acabo de ver en un tiempo cuando conozca a alguien decirle: “Hola, soy X, estoy loca de atar y voy a psicólogos porque estoy triste desde que nací, ¿a que soy interesante y molona? Apadrina a una loca y consigue ventajas fiscales-que la cosa está muy malita” Como carta de presentación es un poco mierdosa, pero mentir está más feo y luego me acusan de que es que no sabían. Porque igual si hubieran sabido, me hubieran tratado como una persona normal. De esas a las que se saludan, se pide perdón si algo has hecho regulín, y tal. Es una lógica que no acabo de entender, porque mi lógica me dice que todo el mundo merece respeto y ser querida, independiente de su situación personal, sea excelente, media o cacosa del todo. Que parezca que todo va bien no debería invitar a la gente a tratarla como si fuera un saco de boxeo. Pero claro, igual soy yo, que ya sabemos que seguramente tenga conexiones sinápticas alejadas de la normalidad.

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