Del origen del Narcicismo y otras Patologías (I).

Hoy hace justo dos semanas que regresé de Berlin. Un día hablaré de ello y el por qué esta ciudad me ha puesto frente a frente con mis fantasmas, mis límites y que ha sido capaz de desmontar, o al menos de dejar seriamente dañada, esa cantidad de estrategias inconscientes que me he ido montando a lo largo del tiempo.

La verdad, es que cuando estás a miles de kilómetros, a grados bajo cero, con una pegatina gris como cielo durante meses y con gente que van a la suya, no te queda más cojones que enfrentarte a tus demonios. En mi caso fueron tantos que me he sentido como en el Super Mario, ahí luchando sin cuartel para no perder mis tres vidas y todo para llegar al mega “mostro” del final de pantalla. Sí, la vida a veces se me parece sospechosamente a un videojuego y si bien en ellos yo me hubiera suicidado cuando una partida no era perfecta desde el principio, aquí no me queda otra que lucharlo a fuego y remontar esos errores fatales que he cometido o que me han venido a principio de pantalla. Such is life! ¡Ajo y agua!

Pero eso queda pendiente para otro post.

LLevo estas dos semanas intentando digerir todo lo que me ha pasado últimamente y ya me siento como una vaca regurgitando. De tanto darle vueltas, siento que mi cerebro se ha dado la vuelta como un calcetín cuando lo emparejamos para guardarlo en el cajón.

Lo que ahora me gustaría plasmar aquí es cómo me di cuenta ayer de otra faceta mía (en realidad es la misma que comenté el otro día) y que tiene un nombre, y peor aún, una definición que no me mola mucho.  De hecho, me produce un mucho de repelús. Esto y una suma de cosas, me han llevado donde estoy. Pero mirar a otro lado ya no es una opción y espero que mi lado sensible, que lo tengo, y mucho (deswegen! ), sea capaz de aguantarlo (no te preocupes chiqui, te compensaré, sí, ya sé que te lo he dicho muchas veces y que no me crees porque luego paso de ti, pero te lo iré demostrando poco a poco, pico y pala).

Y amigos, dicen los que saben de esto (que no soy yo) que los otros actúan de espejos de nosotros mismos. Relacionarse es como ir al cine a ver una peli de ti mismo. Si te gusta la gente con la que te rodeas, seguramente tengas un alto concepto de ti mismo. Si no paras de quejarte de los demás, ay, ay, ay, aquí me huele a calisai. Y no puedo estar más deacuerdo. Y es un alivio que sea así, puesto que de otra manera ya me diréis tú cómo ser conscientes de nosotros mismos, cuando básicamente nuestro cerebro está diseñado para ver lo de ahí fuera. Lo más gracioso de todo es que, encima, lo de ahí no es más que una construcción de cómo pensamos las cosas. En definitiva: vemos lo que somos.

Y lo que no nos gusta de otros es lo que somos pero que no vemos de nosotros porque se queda en ese ángulo muerto de nuestra consciencia. Sí, eso que seguramente todo el mundo ve, menos uno mismo. Eso a mí me da un pelín de pudor. Es como si llevara una plasta de espinacas entre los dientes y nadie me hubiera dicho nada. Sí, da mucha vergüenza que te lo digan, pero más vergüenza da que te enteres 6 horas más tarde, cuando llegas a casa y cuando te congratulas de lo agradable que ha sido esa charla con ese chico cañón que has conocido en la cafetería y que no paraba de sonreir. Te quieres de morir. Total, que me he despertado de mi inopia en que me creía lo más de la sensibilidad, que la tengo y de ahí el lío, y he visto mi plasta de espinacas tras años pensando que tenía una sonrisa profident.

El caso, es que analizando mis maravillosas pseudorelaciones amorosas (otro día más sobre ello, en la sección de historias para no dormir), me doy cuenta de que suelo topar con gente que:

1. Me mienten descaradamente y yo, aunque no les creo, los justifico y al final me monto la historia. Si me dicen que los unicornios existen, me lo creo. Son especialmente hábiles y por mucho que tú sepas que eso no es así, dudas de ti mismo.

2. Pasan directamente de mí y no hacen ni el mínimo amago por disimularlo, ni tienen en cuenta mis sentimientos. Esos al final, son los más agradecidos porque como ni siquieran hacen el amago de darte esperanzas, pues los dejas ir más pronto que tarde.

3. Me utilizan para su uso y disfrute. A saber: sexo y/o aumento de ego, ya que una de mis preciosas cualidades es ver el conjunto y no quedarme en lo bueno. Apreciar lo bueno y malo por igual. Arma de doble filo.

4. Creerse mejores que el resto, por regla general hablamos de índole intelectual y/o moral. Normalmente de una forma velada, no abierta. Uso del sarcasmo, disimulado de ironía, que a veces la frontera no queda muy clara.

En general personalidades abusadoras en una medida u otra (en cuanto tú tienes una función para ellos), más o menos velado, egoistas, narcicistas, inseguras y el novamás y el que fue mi gran estreno: un mentiroso compulsivo. Eso es empezar por todo lo grande en la andadura de las relaciones amorosas.

Y lo peor de todo, es que ahora, que me observo ahí de cerca, microscopio y bisturí en mano, me digo, joroña, niña, pero ¡cómo no te diste cuenta antes! ¡Si tú tienes también esos rasgos! Estaba demasiado ocupada lamentándome de qué mala suerte, con lo que los quiero y lo sacrificada que soy, que ellos se lo pierden, qué malos son, incluso malvados y tal. Cuando no me entraba el sentimiento contrario. No hay términos medios. Malvados y villanos o santos.

Y lo voy a dejar aquí de momento. La segunda y Tercera parte próximamente en sus pantallas amigas.

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