Echarse a andar (I)

Una vez hecho un análisis más o menos objetivo (no es nada fácil, por descontado), llega un momento que analizar más y más no lleva a ningún sitio. Más que nada porque la mente analiza desde una posición en la que obvia datos que igual no son tan racionales como la aplastante lógica cerebral, pero que SIN DUDA hay que tener en cuenta para al menos, ver cambios duraderos.

Por supuesto, hablo por experiencia. No sé aún lo que funciona, pero sí sé lo que no me ha funcionado. Mi error básico, según lo veo ahora, ha sido eliminar de la ecuación lo que no podía ser cuantificado, analizado con precisión cartesiana. No en vano me he doctorado en ciencias. ¡La razón ante todo! ¡Y a ser posible, que se pueda demostrar con artículos peer-reviewed (revisados por gente experta en ese tema) en revistas de alto índice de impacto!

Hacer eso sin duda es útil en innumerables casos y ayuda al pragmatismo en muchas ocasiones donde los objetivos son claros. Pero si no se tiene en cuenta esa parte digamos más irracional espiritual, emocional o cómo se le quiera llamar, todo posible avance se topará con un tope. Yo lo describo a veces como correr atado a unas cintas elásticas muy grandes y resistentes. Tú te caes infinitas veces, otras infinitas veces te levantas y piensas, obtusa de tú, que en la persistencia y perseverancia está la victoria. Te levantas, te sacudes el polvo y para allá que vas, de nuevo, directa al hostión. Porque cuando estás a punto de llegar, pasa lo que pasa, que el elástico tira de ti y cuanto más has avanzado, más fuerte es la hostia. Perseverante, mucho. Kamikazem un rato también.

No me malinterpretéis, la perseverancia es la clave de todo, pero por sí sola no vale. Hay que usar el sentido común. Ya lo decía Einstein:

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 Pues eso, si has intentado algo un millón de veces, inténtalo de nuevo. Más y más fuerte. PERO. Si has intentado algo un millón de veces y sientes que algo no va bien y que tu razón intenta acallarlo…ESCÚCHATE POR DIOS. Igual no sabes aún qué es, y es normal. Vivimos en una sociedad en la que la gente anda cuales seres lobotomizados: Dormir-trabajo-hacer algo de deporte para estar bueno y ser querible-dormir-trabajo-dormir-trabajo. Un mes de vacaiones al año y algún que otro hobby para el que no tienes ni tiempo, ni muchas veces la energía. Ya si eso cuando te jubiles, cuando esperes pacientemente la muerte y te asalten los achaques de la edad. Planazo. El hombre y el progreso, ¡sí señor! Si te va bien vivir así o simplemente has escapado a la rueda y te congratulan esos pequeños grandes pasos que has dado para vivir TU VIDA, estás de enhorabuena. Igual, podrías escribirme y contarme cómo lo has hecho. Me encantaría leerte.

  Mis conclusiones, acertadas o no, es que hay que afrontar el SER como un todo, pero sin olvidarse de ninguna parte que nos conforma, porque no vamos por ahí separados (bueno, eso lo pongo en duda, porque apagamos lo que no nos conviene por motivos de lo más peregrinos): MENTE, CUERPO Y ALMA.

  Tengo larga experiencia en cuidar de mi cuerpo, por motivos equivocados la mayor parte de las veces: para verme mejor y que los otros me vean por tanto mejor, y para rendir más. Si estoy en forma y descansada, resisto más mis maratonianos días. No está mal siempre que haya equilibrio. En mi caso no lo había. Y he basculado entre la decadencia más absoluta en cuanto a cuidado físico se refiera al machaque más obsesivo que te puedas imaginar. Queda mucho por hacer en este campo, sin duda.

 En cuanto a la mente, pues bueno, mi parte racional y productiva la he cultivado como pocas cosas como ya he comentado en algún que otro post. Lo cierto es que me gusta porque soy, como todo ser humano, curiosa por naturaleza, pero desgraciadamente aunque el ábanico de cosas que me interesan es amplio y muy variado, también lo he enfocado mal muchas veces. Porque en ocasiones no he tenido en cuenta mis pasiones verdaderas (y eso qué es, diría mi yo hace unos años), mis aptitudes y más importante: mis valores. Aún así, no hubiera estado tan mal, si no hubiera estado tan descompensado. Igual este no es el problema de la mente, porque ésta que acabo de describir es tan sólo una faceta en la que la mente se emplea.

  Lo malo de la mente, y aunque suene obvio, es que piensa, y muy a menudo piensa mal. Y piensa mal porque desde que somos críos se nos bombardea sobre cómo tenemos que ser, cómo tenemos que ver la realidad y cómo debemos actuar ante ella. Lo cual es absurdo porque la realidad es sólo tuya. Tú realidad. Así que ya me dirás, de qué carajo te va a servir que alguien te dicte A TI cómo vivir tu realidad. Ahí el derribo de creencias varias y que te han estado limitando será el trabajo a hacer.

 Y luego, el alma. Ese gran olvidado. Al menos por mí. Se le puede llamar alma, niño interior o lo que sea. Es lo que tú eres independientemente del aspecto físico que tengas y del trabajo intelectual que hagas. Es tu yo más auténtico. Es básicamente Tú ser en su más pura esencia. Es cuando te sientes totalmente alineado con la naturaleza, con el momento presente. No hay nada malo y bueno, pero sientes paz, una paz y una claridad mental que se irradia desde  un sitio central e inunda tu cuerpo como con oleadas. ¿Te suena, verdad? Pues a eso me refiero. Aquí se pueden meter varias cosas, cómo qué cosas te gustan hacer, independientemente de resultados, por qué cosas te emocionas, vibras, cuáles son los valores que rigen tu vida, etc. En definitiva, implica conocerte, saber quién eres, qué te mueve y actuar en consonancia. Parece fácil pero no es moco de pavo.

 El próximo día, empezaré a diseccionar cómo estoy afrontando el integrar el cuidado de cada apartado y qué pasos estoy llevando a cabo para hacerlo. Y si me funciona. Y también lo que no. De momento, y como adelanto, decir que estoy empezando por lo que a mí me resulta más básico: trabajar los buenos hábitos “corporales”. Porque sin duda, tener un cuerpo relajado, fuerte y sano, es lo mínimo que se despacha para el resto de trabajo. Por eso de hormonas, neurotransmisores y todas esas drogas que corren por nuestras venas.

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