Entender y aceptar quien eres

A esta conclusión he llegado cuando andaba leyendo blogs hace un rato. Se podría decir que en última instancia este blog trata de eso. No es un “cambiar para mejorar tu vida”, sino es un “cambiar para aceptar quien eres“. Y creo que ahí está la clave para cualquier cambio sano y duradero.

La verdad, si como yo, eres una persona que le da mucha importancia a la parte racional, a ir al fondo de la cuestión y a intentar llegar a la verdad universal o como mínimo a entender cómo funcionan las cosas, intentarás no dejarte llevar por las emociones. Porque las emociones vienen y van y parecen distorsionar la realidad y por tanto te impiden tomar una decisión objetiva. Los daños colaterales de esto, es que el ponerte en contacto con tus sentimientos es algo que te cuesta.

En mi caso, a veces es tan complicado que rayo en la frustración más absoluta. Entiendo que acceder a ellos es necesario, sobre todo por lo que voy a explicar más adelante. Pero es como si mis sentimientos estuvieran guardados en una caja fuerte cuyo código ni siquiera yo tengo.  Intento acceder, intento romper la cerradura, abrir la caja con fuerza bruta, o bien siendo gentil y paciente, observando la caja. Esperando por si acaso el duendecillo que habita la caja y que es responsable de su apertura, le diera por abrirla un rato. Una suerte de airerar 5 minutillos. Y yo, que ando agazapada tras un arbusto de mi mente, ojo avizor, haría un zas al duendecillo y le diría “cagada la has, duendecillo, ahora no vuelves dentro, que tengo trabajo que hacer ahí”. Y soltaría un “muajajajajaja” maquiavélico de rigor. Duendecillos a mí. JA.

Muajajajaja, te creías que ibas a poder conmigo...
Muajajajaja, te creías que ibas a poder conmigo…

 

Pero no. No funciona así, leider.

 

Eso, o no soy capaz de pillar al duendecillo en un descuido. Seguro que mi afición por dormir tiene la culpa.

Ser racional es, por tanto, una putada. Porque no soy una máquina y me veo obligada a vivir con una parte humana, que siente y padece. Pero ser altamente sensible siendo racional, es el súmum de las putadas. Veréis, yo siempre he intuido que reacciono de forma digamos “desproporcionada” a cosas que al resto, o bien no les molesta, o bien ni siquiera perciben.

Hablamos de cosas que son físicas como por ejemplo: el ruido me molesta lo más grande. Sí, el ruido suele ser molesto para todos. Pero digamos que mi umbral es mucho, mucho más bajo. Y debe ser así porque al resto no parece molestarles las mismas cosas que a mí. Yo no lo entiendo, y creería que me están tomando el pelo, pero tras varios años observando el fenómeno no me queda más que aceptar que debo ser yo.

Además, no soporto las aglomeraciones de gente. Para mí, la peor pesadilla del mundo mundial es ir a un centro comercial en plenas rebajas o navidades, o ir en transporte público en plena hora punta. El ruido, el movimiento, los olores. Los frenazos, el claxón de los otros coches, los insultos, la gente hablando alto, el típico hablando por el móvil como si no lo necesitara. Mi primer año de universidad, cuando por primera vez no tenía mi centro de estudios a 10 minutos andando, tuve la desgracia de tener que coger el bus para llegar allí. No había semana que no me mareara y me cayera. Y no había semana que no estuvieran los “listos” que insinuaran que no comía o qué (y no soy precisamente de aspecto anoréxico). Al contrario, me daba cuenta, de que justo cuando me notaba el estómago lleno era más probable que mi cuerpo no soportara el resto de estímulos. Ahora entiendo que bastante tenía mi cuerpo con hacer la digestión, como para encima procesar toda esa información externa.

A ver, hasta hace poco tampoco le he dado mucha importancia. Una peculiaridad mía. A veces, con lo del ruido me he frustrado y CABREADO LO MÁS GRANDE, porque pensaba que me tomaban el pelo. Pero me doy cuenta que me he adaptado a esto de la siguiente manera: si quiero ir de rebajas, ir a nadar sin que haya más gente que en la guerra, etc, sé que mi hora es la hora de comer en España. Adoro la gente de tradiciones fijas. Spain, I love you, no cambies. A los extranjeros les exaspera que no haya nada a la hora de comer-siesta. A mí me ha salvado la vida. Si el ruido me molesta, busco un nicho silencioso: la noche. Y así.

Con cosas, digamos no físicas, tres cuartos de lo mismo. Como digo, soy racional, analizo las cosas, así que entenderéis con qué actitud diseccionadora acojo yo sentimientos tan dispares como la envidia, la tristeza, el amor-desamor. Este último me desestabiliza de mala manera. Mi yo racional ahí trabajando como un loco para entender y mi cuerpo yendo por libre. Es como si dentro de la caja fuerte de las emociones, que de vez en cuando se abría (sin yo poder controlar el cuándo ni el cómo), hubiera varios megatones de sentimientos. Por eso el blindaje. Si está cerrado, todo va de puta madre. Como se abra, hecatombe nuclear.

Cuántas veces no me habrán dicho “ostras, no me esperaba que fueras así“. Así, siendo un poco despectivo (o yo me lo he tomado así), queriendo decir sentimental. Es, para entendernos, como si dentro de Sheldon hubiera una Candy Candy.

 

¡Qué chupi-guay que es todo!
¡Qué chupi-guay que es todo! ¡Y qué intensidad más intensa de todo…creo que voy a llorar!

 

Imaginaos el contraste. Acojona, no digáis que no. A mí me entra la risa floja, porque soy así, tontuna, y es como si lo viera en otra persona, y sólo de pensar lo absurdo del asunto hace que me descojone. Pero luego cuando me doy cuenta de que soy yo, se me pone esta cara:

 

Oh shit!
Oh shit!

 

Esta misma gente a las que le sorprende mi inusitada e inesperada sensiblidad, se piensan que la he estado escondiendo con alevosía. Curiosamente, suelo acabar con gente tan o más racional que yo. Lo que no saben es que es un acojone mútuo y como soy tan asustadiza, de su propio acojone, me acojono más. Al fin y al cabo, si se alejan de mí, ellos no tienen que lidiar con la fifi e impredecible Candy Candy. Pero yo, yo me quedo con ella, así, a pelo. Una aproximación racional no le funciona. Y mientras sus necesidades no son atendidas, la guerra nuclear sigue en mí, impidiéndome hacer vida normal.

Menudo panorama. Yo lo he ido llevando más o menos. Mi forma de hacerlo es alejándome de las cosas que me desestabilizan. Igual que cuando adapté mis horarios para que no afectaran a mis sentidos, he adaptado mi vida para que no hubiera explosión de sentimientos. En el caso de las relaciones, si un tío es gay, tiene una relación larga y muestra menos infinito interés por mí como mujer, estoy relajada y me muestro como soy. Ahora, como ese chico, muestre un mínimo coqueteo, interés o algo, saco mi palo de “quita bicho” y me alejo como si hubiera visto el demonio. Eso está bien, pero a la larga, resulta aburrido y sientes que te pierdes cosas. Y como tengo un puntito de aventurera y un mucho de curiosidad, no hay un momento en el que diga, va tonta, qué exagerada (yo racional), si no pasa nada, venga que te lo pasarás bien. Que es un ser humano, no un tigre de bengala.

Una Candy-Candy dentro de una mentalidad Sheldon llegando a estas conclusiones es la vía más directa para el desastre.

 

Todo esto para contaros, que en una de mis bombas emocionales inesperadas, hace poco más de un año, tuve una revelación. Pero eso será objeto de otro post.

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2 pensamientos en “Entender y aceptar quien eres”

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