Explorar el inframundo

Hoy es mi penúltimo día en Berlín. Ayer mis hormonas me dieron tregua y toda la tensión emocional se levantó de mí y el sol empezó a brillar. De repente los pajarillos cantaban y la naturaleza seguía su perfecto baile y yo lo observaba maravillada.

La naturaleza tiene el poder milagroso de calmarme inmediatamente. Cuando el mundo me abruma por su imperfección, no puedo dejar de maravillarme por la perfección intrínseca que exhibe majestuosa la naturaleza. Y lo hace sin esfuerzo, fluyendo. Aún me pregunto cuál es la razón por la que se haya seleccionado el ser conscientes de nosotros mismos. ¿Es acaso la inteligencia incompatible con la autoconsciencia? Todo tiene un precio, vale, pero me parece excesivo, sobre todo cuando sólo tienes exacerbada una parte.

Ayer tuve la inmensa suerte de nadar en uno de las decenas de lagos que rodean Berlín. Rodeada de agua, y árboles. Y algún que otro pato. Fui con mi antiguo grupo de natación aquí. Katja, que es mi angelito alemán (ella ni lo sabe) calma mis ganas asesinas hacia los alemanes. A mí nadar en aguas abiertas me da miedo, pero el placer casi místico que te proporciona estar viendo de tú a tú la naturaleza es indescripitble. Adoro nadar al aire libre. Aunque sea en piscina. Los reflejos del sol atravesando el agua, haciendo sombras de luz, viendo los fotones impactar el agua y multiplicarse como en un caleidoscopio es algo que me fascina. Y simplemente, por mucho que pasen los años, nunca tengo suficiente. Creo que empecé a nadar cuando mi “tiempo” de pasarme las horas muertas siendo pescaíto de niña se acabó. Con mi edad, alguien que se pasa buceando por la piscina, donde aparentemente no hay nada sería visto de raro. Muy raro. Así que, empecé a nadar. 1 km al principio, 3 km más adelante y luego 5 y hasta 9 en un día. En verano todos los días. No me cansa. Me carga la batería. La hora que más me gusta es la hora mágica en la que el sol se pone. Los rayos de sol se van haciendo más y más paralelos a la superficie del agua. El agua refulge como un espejo y parece que todo se para por unos instantes, como aguardando con la misma expectación que muchos esperamos a que un avión toque suelo al aterrizar. Unos segundos de guardar la respiración.

Ayer hice las paces con el mundo hasta la próxima vez. En aproximadamente 20 días.

Ayer, al regresar, tras la sesión de natación y sentirme los músculos de la espalda relajados, después de sesión de grill junto al fuego donde a veces o me enteraba ni jota de lo que decían y otras prefería no enterarme, me fui a casa con la bici. Una hora de trayecto. De noche. Por todos los barrios de marcha hipster de Berlín. Me di cuenta de algo. Son todos niños. Adolescentes.

¡Claro! Por eso aborrezco Berlín. No me apetece estar rodeada de adolescentes. Ya pasé por eso y lo odié a muerte mientras duró. No tengo ninguna intención de hacer un revival de gente haciéndose los guays. Con sus bicis fixies, con sus pelados modernitos, con su ropa ídem. Con su pseudo rebeldía y pensar fuera de la caja (toma anglicismo cutre), con sus tatuajes para demostrarle al mundo todo eso. Guauuuu, anonadada me dejáis chicos. Pero impresionada, lo que se dice impresionada, sólo me impresiona que no veáis lo ridículos que se os ve mostrando un envoltorio que no tiene lo que se promete en el interior. Ser rebelde, niñitos de mi corazón, no es una colección de verano del Berska, es una actitud. Es una forma de ser. Pero yo sé que en realidad eso no os importa. Os importa lo tan cool que se os vea y poner cara de ascazo máximo o de superioridad si oís a alguien que muere de gusto bailando el Waka-Waka de Shakira.

Soy una de esas personas. Sí, puedo dejar de darle a la cocorota y ponerme a bailar en un segundo. Los 90 y sus éxitos del verano son mi salvación. Es un kit-kat a mi intensidad diaria. Es mi momento mainstream y qué queréis que os diga. Me encanta. Porque, por si no lo sabéis, el mainstream es el bálsamo para el alma y eso lo sabéis de forma inconsciente porque no vais fuera del mainstream mentalmente hablando. Hacéis bien. Se vive mejor así.

A mí también me gustaría ser mainstream mental y hipster de apariencia. Pero, cosas de la vida, soy un desastre y tengo minimalismo a la hora de prestar atención a cosas externas a mí. De vez en cuando me empeño, pero oye, es que cansa un huevo.

Pero, pensando mientras me hacía una comida rica experimental rollo “no voy a tirar comida y me voy mañana, qué puedo hacer con todos los ingredientes que tengo? To a la saca”, me he dicho, chica, intentas encajar en un agujero redondo cuando eres cuadrada. No puedes, simplemente no puedes.

Mírate, tienes cierta fascinación por las asimetrías. Cuántas camisetas asimétricas no te habrás comprado en el pasado. Todos somos asimétricos. Claros y oscuros. Fuertes y vulnerables.

Qué ganas tengo de raparme la mitad de la cabeza y teñírmela qué se yo, de morado, mi color favorito y ponerme un pendiente destroyer. Y dejar la otra mitad con mi melena brunette, igual con reflejos y con un pendiente así muy flamenco, muy andaluz. Muy femenino. Me chifla. Lo quiero. Lo quiero ya. Berlín es el único sitio que conozco en el que el trabajo y mi aspecto no sería un handicap. A estos locos hipsters les volvería locos. Incluso en bancos he visto a tatuados. Aquí tengo el sitio perfecto para mostrar mi rarunez y que no llame nada la atención. Llamar la atención es súper molesto. Lo he evitado toda mi vida como la peste. Ahí sí que he estado viva. Intelegencia innata. Puro instinto.

Quiero viajar al inframundo y encontrarme con los out-casts de esta sociedad. Con los repudiados, con los vejados, con los violentados, con los que no son entendidos. Quiero ir a casa. Donde pertenezco. No quiero intentar encajar más en un mundo que no me entiende. Quiero ir a donde pertenezco.

No estoy sola. Eso lo sé. Escuchando a Amy Winehouse, a Smashing Pumpkins y a un sinfín de artistas, sé que no estoy sola. Pero también sé que es adentrarse en un mundo de zombies. Zombies porque nadie los entiende. Y entiendo su frustración tan, tan bien. Es tan fácil. ¿No os dáis cuenta? ¿Cómo carajo no os dáis cuenta? ¿No tenéis ojos?

Sabéis, hay personas que somos intensas. Muy intensas. He visto algunos elementos comunes en todas ellas y que hace que nos reconozcamos al segundo de vernos. Aunque no sea en persona. La mirada. Esa sed de vida. Esa sed de conexión. Somos niños mayores. Cuando eramos niños eramos la delicia de los mayores, porque cumplíamos las expectativas a la perfección. Eramos cariñosos, graciosos y os recordábamos que la vida es fantástica. Es pura magia. Raw energy.

Luego nos hacemos mayores y ahí empiezan los problemas. Ya no resultamos tan graciosos, tan monos. Nosotros seguimos siendo iguales, pero ahora resultamos molestos. Hazte cargo de tu vida, madura, bla, bla, bla. No entendéis nada y es sorprendiente porque es bien fácil. La inautenticidad nos enferma. Nos mata. No nos cuidáis. Es bien fácil. No hacen falta teorías complicadas, ni expertos en nada. Todos lo llevamos de serie, así que no me vengas con que no sabes de qué te hablo. No hay que ser inteligente, no hay que hacer nada. Liebe. Love. Sí, suena cursi, pero qué es la Vida sino. La vida es energía fluyendo de forma desinteresada. Sin razones. Fluye porque sí. Porque no puede hacer otra cosa. No hay energía más potente que esa. Así que, no te confundas. No necesitamos fruslerías, no necesitamos que nos entiendas. Simplemente ansiamos poder ser. Tan simple. Tan complicado. Un abrazo sin razones. ¿Por qué hay que tener una razón para eso?

Y por eso hoy me dirijo a vosotros. No podemos madurar, porque nacimos maduros. No es falta de madurez lo que tenemos. Es una sensibilidad exacerbada. Somos esponjas. La alegría y la pena pasan sin filtros a través de cada una de nuestras células con un impulso eléctrico. Nos atraviesa. No sabéis lo que es porque no tenéis el hardware. El vuestro también mola, sólo que no sirve para lo mismo que para el nuestro. Así que no nos pidas que hagamos lo que vosotros. No podemos. No es una falta de voluntad. Creéme, muchos de nosotros, intentando cumplir vuestras expectativas para haceros la vida menos turbadora por no poder entender, hemos perdido la salud. Algunos hasta la vida. Qué desperdicio, amigos. Porque no sabéis que nosotros, somos vuestros salvadores. Tenemos la capacidad de salvar vuestra alma cuando os sentís sin salida. Cuando la vida os embiste sin piedad. Ahí estamos nosotros para recordarte que la vida es un milagro y que haremos todo lo posible para que seas capaz de verlo y sonrías de nuevo.

Es nuestro don. Y nuestra maldición. Tenemos la capacidad de emocionaros, de animaros, de haceros la vida un pelín mejor. De entender vuestros sentimientos, de haceros sentir menos solos cuando sientes que nadie te entiende. De haceros replantear las cosas que no han cruzado antes tu mente. Cuánto vale un don así. Depende de lo que para ti sea importante. Si las cosas te van bien, igual no le das mucho valor. Quizás nada. Ahora, si en algún momento lo necesitas igual para entonces es demasiado tarde, porque no fuiste capaz de pagar el precio más que asequible en su momento. Te entendemos, pero tú no nos entiendes. Y está bien, está bien, en serio.

Pero como todo en la Vida, todo necesita de ciertas condiciones para florecer. El mundo vegetal tiene ejemplos alucinantes en este aspecto. Plantas que florecen una vez en su vida tras años y años,  otras que sólo lo hacen de noche. ¿Es qué acaso no vamos a aprender del mundo al que pertenecemos?

Y tanta divagación espontánea, para decir que creo que ya sé lo que me ha estado intentando decir esta perra ciudad. Chica, dónde sino, dónde sino. Explora. Es seguro aquí. Lo sabes. Entre una película zombie, el tullido no llama la atención. Aprovechate que no hay muchas oportunidades así.

Y hasta que ese momento llegue, si llega, mi protocolo de minimalismo extremo tiene que ser lo suficientemente evolucionado y efectivo para proprocionarme la calma sensorial que tan bien me hace. Mi refugio espiritual. Mi cueva en medio del bullicio. Se aceptan sugerencias y personas sugerentes.

Gracias.

Y ahora, con o sin vuestro permiso me voy a cabalgar las calles y parques de Berlín en mi Rocinante de dos ruedas. A tomarme un Latte Machiatto que no me dejará dormir hasta exactamente las 04:30 de la mañana (porque es de día), pero que en el que disfrutaré como un cochino jabalí de la perfección hecha espuma de leche que prepara el chico de la cara triste de mi biblioteca preferida. Actuaré por última vez en esta etapa como Guardiana de Almas y Talentos, como espía del Amor. Y cuando me haya despedido de una parte de la ciudad a la que mañana no volveré, entonces, y si el tiempo acompaña, me iré a ver al documental de una compañera de fatigas. Amy. I get you. You are not alone. You just had very bad luck and awful guides, whose greed and ego were higher than your well-being. Sad. You did it so well. The world just didn’t live up to you. They couldn’t either. You deserved so much better.

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Un pensamiento en “Explorar el inframundo”

  1. Touché, Berlín. Me ha costado 3 años. Siempre he sido de cocorota dura, pero hoy me he tenido que comer mis palabras con patatas. Por soberbia, prejuiciosa e intolerante. El espectáculo que me has dado hoy ha sido simplemente sublime. Gracias. A ti, jodía, que tienes unos métodos tan heterodoxos y a todos los que te pueblan. Hipsters, adolescentes guays e incluso especuladores. Eres grande.

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