La inflexibilidad de la flexibilidad

La verdad es que tengo ganas de regresar a mi pueblo de 400 habitantes y pasarme el día entre la contemplación de pájaros, nadar, tumbarme a la bartola bajo un árbol y seguir leyendo papers para el proyecto.

Ha sido una cagada bastante grande el irme tanto tiempo. Una semana en Berlín y otra en Copenhague hubieran tenido el efecto más que suficiente. La culpa es mía y lo asumo. Yo sabía lo que ir a Berlín significaba, también lo sabía de Copenhague. Si me apuráis, también os digo qué significa pasar tiempo en el pueblo con los jorrores familiares nunca contados, siempre presentes. Mucha tela para mí.

Dinamarca. Ese país que parece tan bonito pero que está podrido. El otro día iba por la calle y a pesar de que sigue ejerciendo ese efecto calmante sobre msi sentidos, me dije, ¿sabes qué? Ya no me impresiona.

Lo cierto es que de eso me di cuenta el primer mes de llegar aquí y me fue ratificado de forma continua e insidiosa una y otra vez. Elegí quedarme con el efecto bálsamo, la preciosidad estética de sus calles, la belleza de muchos nativos e ignorar la incoherencia vital en la que viven sumidos.

Dicen que Dinamarca es el país más feliz del mundo. No sé de dónde lo sacan. Sí, uno los ve por la calle y sonrien. No veréis nunca a un alemán sonreir por la calle. Creo que hay alguna ley que lo prohibe y ellos son obedientes, porque además, si tú eres feliz, vienen y te lo reprochan. No quieren que seas multado. Pero volviendo a Dinamarca, si eso es cierto, que a primera vista lo parece, diría que es por las inclemencias del tiempo.

¿Habéis observado a la gente de Cádiz en la playa en un día de Levante o Levantazo? Sí, cuando la arena se te mete por todos lados, te hace croqueta sin tú hacer nada, te pitan los oídos, la arena te abrasa y arranca la piel. Sí, un día de esos. Observad a los autóctonos. Mientras tú, ser no acostumbrado, te ciscas en los muertos del Levante y luchas contra los elementos, un gaditano de pro se sienta con parsimonia sobre su silla-hamaca y lee tranquilamente el periódico como si el viento huracanado no fuera con ellos. Es digno de ver. Selección natural en pleno esplendor. Gente como yo siemplemente no nos reproducimos porque estamos demasiado ocupados luchando y porque eventualemnte nos envenenamos con la bilis de nuestro enfado. Esto es asín.

Y creo que en Dinamarca es igual. Porque no sé si lo sabéis, pero aquí se bebe mucho. No es beber mientras socializas, sino beber PARA socializar. La mayoría se volverán alcóholicos antes de dejar la adolescencia. Famlias destructuradas, liberación de la mujer (Juasjuasjuasjuas), intentos de suicido, alcóholicos incapaces de expresar sus sentimientos. El pan de cada día por estos lares y que se perpetúa ad infinitum como en un Día de la Marmota en el que no se dan cuenta o simplemente deciden ignorar las señales.

Y luego soy yo la que necesita pastillas. Ya, claro.

Lo peor de darse cuenta de estas cosas, es saber que no habrá país en el que te sientas a salvo. No existe. Por un lado guay, porque lo nacionalismos apestan. Pero por otro lado vivir rodeada de zombies da un poco de miedo.

Estas casi dos semanas en Copenhague han sido surrealistas. Lars me pagaría por darle un tercio de la información para inspirarse. Le daría para varias pelis. Yo me lo tomo a guasa, porque de surrealista roza lo absurdo. Y recupero del baúl de los recuerdos mi técnica “anti locura”. Meterme en la biblioteca, entre libros, a salvo.

Y una cosa que me he dado cuenta estos días es de cuán inflexible es la flexibilidad para el que la ejerce. Y es que mi forma de ser es, en cuanto a relaciones sociales se refiere, bastante relajada. Me adapto como agua a cualquier recipiente. Esto le viene genial a todo el mundo.

Hasta que ser flexible te resulta demasiado inflexible con tus necesidades, con tu forma de funcionar. Y decides que te gusta más improvisar. Y que no te gusta planificar y adaptarte a los planes de los demás, porque tienen clase de cerámica post-modernista de 7-8 y luego quieren cenar a las 8:30 de la noche con lo que sólo pueden quedar contigo de 8-8:30. Tú, como buena persona flexible, amable y empática con las necesidades ajenas te adaptas. Te adaptas, porque total, es tu amigo/a y él haría lo mismo por ti.

Meeeecccccc…

No, no lo haría.

Pues nada, si él no lo haría, yo tampoco. He decidido volverme una nazi de la flexibilidad. No me gusta planficar mis ganas de socializar. Me gusta planificar mi trabajo, incluso mi deporte. De hecho, planifico todo. Necesito una parcela de libre albedrío.

Ya se me ha cabreado una persona esta semana por ello. Y eso que no he quedado con nadie aún. Bueno, cosas que pasan. Cuando la gente no baila al son de tu música o te adaptas o ya sabes. Que la flexibilidad es muy cómoda si es uno el que la ejerce al 100%.

Y yo he decidido que ya no más. Y también he decidido (mi cuerpo lo ha hecho) que sólo voy a pasar tiempo con gente que me hace feliz. Feliz intelectualmente o feliz “chorramente” o feliz de otra forma. Un estar a gusto. Con gente que no conozco, doy un voto de confianza y observación.

Reconozco que soy una persona borde en ocasiones, que soy porculera máxima y muchas otras cosas aparentemente negativas. Pero sé escuchar, aguanto con estoicidad discursos negativos, discursos paternalistas y hago como que no va conmigo (por dentro hago un Homer Simpson). Incluso aguanto discursos de cómo tengo que vivir mi vida para personas que tienen la necesidad máxima de decirme eso a pesar de que no tienen ni puta idea de lo que pienso, siento o cuáles son mis necesidades. La gente se cree que me conoce por pasar tiempo conmigo. Yo sé que eso es así, entiendo cómo lo ven y sus ganas de ayudarse. Está bien.

Pero no me jodas. Que incluso yo tengo un límite.

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4 comentarios en “La inflexibilidad de la flexibilidad”

  1. Keep calm and set boundaries….está en mis objetivos de este año. La verdad es que te sientes muy mal cuando no lo haces y muy bien cuando sí, aunque aparentemente parezca lo contrario. Otra cosa que me encantaría aprender es a lidiar con los cabreos ajenos de forma sana.
    Me parece muy curiosa tu descripción de Dinamarca. No la conozco, pero tengo a Escandinavia en general algo idealizada y sé que en el fondo, deben tener cosas que no funcionan (como tenemos todos, claro).
    Un beso desde el sur de Europa.

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  2. Siento decirlo, pero la psicóloga de mi hermano tenía razón. No es una sociedad sana. Y la alemana lo es más. Aunque también es más hijoputa y eso no me gusta nada. Pero volviendo a Dinamarca, como digo, desde el principio me di cuenta de varias incoherencias bestiales, rollo elefante en medio de una habitación y que nadie quiere ver. De lo poco que seguía admirando de este país (admirar es el camino más corto para la frustración), que era su supuesto respesto por el medio ambiente es todo lo contrario. Es uno de los países que más contaminan per cápita. Es horrible ver lo que consumen aquí. Pero como viven en su burbuja, con unos cuantos molinos de viento y la promesa de energías renovables ya se les queda la conciencia tranquila. Y mejor que no hable de la integración de minorías que entonces la lío 😛 Aún así, esta ciudad es una pura preciosidad e inspiración. Definitivamente hacen muchas cosas bien, pero no son Dioses. Son adolescentes eternos. Les falta madurez.

    Y sí, la sociedad perfecta no existe. Yo cojo lo mejor de cada cual e intento incluirlo en mi mapa mental de cómo hacer mejor las cosas. De los daneses he aprendido muchísimo. Sobre todo he aprendido a crearme un microclima de bienestar. A aprender que está bien ser uno mismo, con todas sus incoherencias. Pero yo siempre busco más allá.

    Besos back desde el norte de Europa 🙂

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