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Del Estrés (I): No me estreses que se me sube el cortisol

Si me lees algo, habrás percibido, quizás, que tengo cierta obsesión con el estrés y con el cortisol. No eres tú. Realmente tengo una obsesión con los dos. Yo, que soy Dotora de las de mentira, de las que no pueden prescribir drogas, conozco de primera mano cómo funciona el estrés en bichos que no pueden moverse. Es alucinante lo que aguantan los putos bichos. Tienen un sistema muy inteligente de reciclaje de energía. Igual un día os explico así someramente lo que hice y así diseminar lo que hice, durante más años de los recomendables, más allá de las escasas 7 personas que habrán leído, por obligación, mi tocho sesudo.

Mi interés por el estrés, mutado a seres humanos, se dio por casualidad, al darme cuenta, ¡Oh misterios de la vida!, de que mi energía no es infinita y de que me estoy convirtiendo en una viejuna. LLevo desde aproximadamente 2010 luchando contra un manto de cansancio infinito que se cierne sobre mí y que me impide volver a mi estado natural: una fatiguita con tintes masoquistas.

  Como además me va la marcha, tras acabar mi odisea en el desierto (aka Tesis) decidí irme a Berlín, así a lo loco, y porque estaba hasta el higo de seguir el camino preestablecido. Por un lado, para recuperar ese alemán perdido en las profundidades de mi memoria a largo plazo y por otro, porque quería experimentar sobre mis carnes, el efecto de la falta de luz prolongada, siendo que venía de uno de los sitios con más horas de luz por año de Europa. Experimentos fisiológicos, mi perdición. ¿Resultado? Peté un sistema que ya de por sí se aguantaba así muy a la española, con parches y varias cuerdas. El invierno más oscuro desde que lo miden me noqueó ese frágil equilibrio y lo encontré tan interesante, que, cual Sherlock Holmes, me he puesto a investigar qué tiene que ver el tocino con la velocidad.

Y toda esta introducción para deciros que por fin y tras meses, os voy a hablar del Estrés. Como se me ha quedado muy largo y tengo infinitas cosas más que contar, igual en 8 meses voy a por la segunda parte. Pero para empezar, veamos,

¿QUÉ ES EL ESTRÉS?

A menudo, cuando se habla de estrés se refiere uno a un ente borroso que nos desestabiliza anímicamente: estrés por el trabajo, por falta de él, por relaciones, etc. Estar estresado lo asociamos con ser incapaz de relajarse, por preocuparse más de la cuenta por problemas del día a día, con brotes de ansiedad o incluso de llanto y/o mal humor, dependiendo de la personalidad de cada cual.

Fantasma
“Buuuuuh, ¡Soy el estréééééés! Todo el mundo habla de mí, pero nadie sabe realmente quién soy.

 Pero los efectos en el ánimo son sólo la punta del iceberg. Los efectos del estrés en el cuerpo son fisiológicos, es decir, hay cambios bioquímicos que provocan un efecto en cascada en diferente funciones vitales y que afectan a varios órganos. Provocan una respuesta concreta hasta que pase la situación estresante. Si el estrés es crónico estos cambios bioquímicos y efectos en diferentes órganos se mantienen y provocan cambios más profundos. El estrés no es por tanto mental, sino físico que a su vez tiene efectos mentales, además de físicos.

¿DE QUÉ HABLAMOS CUANDO HABLAMOS DE ESTRÉS?

 

Según la Wikipedia:

“El estrés (del griego stringere, que significa «apretar»1 ) es una reacción fisiológica del organismo en el que entran en juego diversos mecanismos de defensa para afrontar una situación que se percibe como amenazante o de demanda incrementada.”

Es decir, y explicado de otra forma, el estrés es todo aquello que ataca la estabilidad o equilibrio bioquímico que hace que tu cuerpo funcione en óptimas condiciones y que desencadena, en el caso de los organismo vivos, respuestas adaptativas para minimizar los efectos negativos de eso que está atacando a tu sistema.

Yo de materiales sé más bien poco, más bien nada, pero recuerdo que alguna vez he escuchado algo así como “la resistencia al estrés del material x” y cómo los que quiera que se encarguen de ello, testean la resistencia a diferentes fuerzas externas ejercidas sobre ciertos materiales para saber cuán resistentes son antes de perder las propiedades que los definen: fuerzas de torsión, de temperatura, ¿algún ingeniero de materiales en la sala? Diferentes materiales tienen diferentes propiedades y diferentes capacidades de soportar diferentes fuerzas.

Con los humanos pasa algo parecido. Hay diferentes fuerzas que pueden atacar a “la estructura”, pero que el cuerpo puede soportar sin que pierda su esencia (la Vida).

¿POR QUÉ ES IMPORTANTE LA RESPUESTA DEL ESTRÉS EN ORGANISMOS VIVOS?

 

Como animales estamos dotados de un sistema muy efectivo para hacer frente a los peligros que nos acechan y que pueden desestabilizar el delicado equilibrio que permite la vida. Tenemos un sistema que está continuamente monitorizando si todo funciona como tendría que hacerlo y de no ser así, se mandan señales para que ese cambio no provoque un daño permanente en el cuerpo y en última instancia la muerte.

 Debido a que estamos sometidos a peligros para los que tenemos que responder de forma inmediata y efectiva, este sistema puede también responder a emergencias inesperadas, ya que es muy sensible y es capaz de poner al cuerpo en alerta en apenas segundos, movilizando todos sus recursos para hacer frente a dicha eventualidad amenzadora.

  Un ejemplo muy ilustrativo y que siempre se pone como ejemplo es el imaginarse que te persigue un tigre de bengala. Si eso pasa, tu cuerpo, en apenas milisegundos pone a tu disposición la energía suficiente para que dispongas de ella de forma inmediata. Se cierra el suministro a partes no esenciales del cuerpo. Ese extra de energía se va a utilizar para que los músculos estén listos para correr o luchar, para aumentar la presión arterial, para aumentar la frecuencia cardiaca, aumentar la viscosidad de la sangre para que si hay una herida no nos desangremos, aumentar la atención y así focalizar nuestros recursos para encontrar soluciones y escapar de la muerte, etc. Es una emergencia y en momentos de emergencia no se escatiman esfuerzos. La vida depende de ello.

Hay numerosos ejemplos de personas que en situaciones de vida o muerte afirman haberse olvidado del cansancio, el hambre, del dolor y que han sentido como si una fuerza sobrenatural les hubiera invadido. Eso es la respuesta del estrés.

¿ES TODO EL ESTRÉS MALO?

 No. La vida es estresante por definición. ¿Por qué? Porque la vida es cambio y absolutamente todo provoca un cambio en nosotros y el cuerpo tiene que responder y adaptarse a él, ya que la vida funciona sólo bajo ciertos parámetros concretos. Hay una sola manera de vivir sin estrés y es morirse. Nada te afecta, a nada hay que responder. Si quieres vivir sin estrés, tu única posibilidad con 100% de garantías es la muerte.

Hay ciertos cambios regulares y previsibles (como el ciclo día-noche) para los que el cuerpo, a lo largo de la evolución ha aprendido a adelantarse y a automatizar la respuesta. Es más listo el jodío. Mucho más que tú y que yo. Así pues, hay muchas funciones vitales que siguen un ritmo circadiano y que en última instancia permiten al cuerpo ahorrar energía.

Otros cambios no son previsibles y el cuerpo tiene un sistema para poder responder a dichos cambios. Pero como todo, hay cambios positivos y negativos. Todo depende del balance final que dejen en ti.

¿De qué depende que el factor estresante sea bueno o malo?

Pues depende de cómo nuestro cuerpo reaccione al factor estresante y del efecto final que tenga en él. Lo que para ti puede ser vidilla, para otra persona es la muerte en vida. Lo que para una persona es tóxico, para otra no lo es. Esto depende por un lado de factores genéticos y por tanto de cómo nuestro cuerpo está de preparado para afrontar ciertas situaciones y por otro lado de factores ambientales. Lo de siempre.

Pero, por muy buena genética que tengamos, si nos exponemos a muchas situaciones para las que nuestro cuerpo tiene que dedicar más energía de la que dispone, es cuestión de tiempo que nuestro cuerpo se quede sin energía, no sólo para las situaciones estresantes, sino para las funciones normales del cuerpo. Colapso y tranquilidad eterna.

Esto lo expliqué en su día en este post sobre cómo hay gente que con un nivel más bajo de estímulos externos entran en pantalla azul de la muerte o en kernel panic si eres más gafapastoide de café en el StarF**ks. Con todo el cariño, gafapasta. Todos somos susceptibles a que agotemos la memoria RAM en cosas totalmente evitables, sólo que unos tenemos un límite más bajo que otros. Algunos tenemos una mayor sensibilidad sensorial o somos más porosos, es decir nos entra más información.

Por otro lado, lo cierto es que todos requerimos de cierto eustrés (estrés bueno) o cierta cantidad de movimiento para vivir en nuestro óptimo. Vivir por debajo de dichos niveles también nos mata, ya que para mantenernos con vida se necesita sí o sí gastar energía. Tan sólo para mantener la estructura se requiere energía. La estructura de los músculos sólo se puede mantener si te mueves y eso requiere energía. Las conexiones sinápticas que te hacen tan inteligente sólo se pueden mantener si les sacas brillo de forma asidua. Energía. Movimiento. En definitiva, Vida.

Una piedra no gasta energía en mantener su estructura. Tampoco puede tocar la guitarra. Ni meditar sobre el existencialismo de Kierkegaard o Nietzsche. Una mujer, por lo visto, tampoco.

Por tanto, de no aplicarse cierta energía, todo tenderá al máximo desorden o entropía y por tanto a la muerte. Como diría un médico, es incompatible con la vida. Igual que un coche que has dejado abandonado sin usar todo el invierno. Uno puede pensar, guay, así “no se gasta”, pero lo cierto es que costará arrancarlo porque requiere de cierto funcionamiento para mantenerse.

Así que sí, necesitas cierto movimiento para estar sano, para que tu sistema no se oxide, y el cuánto es individual e intransferible. ¿Cómo saberlo? Como todo, experimentando.

Por otro lado, vivir por encima de dichos niveles es claramente nocivo, porque el cuerpo está yendo a 200 km/h cuando el máximo al que puede ir de forma confortable es a 100 km/h.

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Nivel óptimo de Energía vs niveles óptimos de muerte prematura.

¿CÓMO FUNCIONA LA RESPUESTA DEL ESTRÉS EN HUMANOS?:

  El eje del mal: eje Hipotálamo-pituitaria-adrenales.

 

La respuesta al estrés empieza en última instancia en el cerebro. A mí me gusta ver el sistema de la respuesta a estrés como si fuera un ejército que está continuamente alerta, vigilante, y que nos protege de las agresiones externas llegado el caso.

Los diferentes órganos y partes del cuerpo (sobre todo las motoras, pero no las únicas) son los soldados rasos. Los que llegado el momento se podrán a correr y a luchar como si no hubiera un mañana.

Luego está la cadena de mando y como en todo ejército, hay varios rangos. También hay servicio de inteligencia que recoge información, la analiza y la reporta convenientemente.

En el cerebro estarían la amígdala y el hipotálamo.

La amígdala es el servicio de inteligencia y se encarga de recoger información variada y procesar las reacciones emocionales derivadas de ellas y de mantener convenientemente informado al hipotálamo. En las mujeres la amígdala es más reactiva y esto explicaría por qué por regla general nos afectan más ciertas situaciones. No somos nosotras. Es la amígdala, que es peor que una portera y se entera de todo. En las personas que han sufrido de estrés postraumático también se ha reportado una amígdala más reactiva. Eso explica porque estas personas se alteran y ponen todo su cuerpo en alerta máxima cuando oyen algo que les recuerda al trauma pasado, siendo el peligro no real en la actualidad. Es algo que no pueden controlar desde la consciencia porque es una respuesta automática.

El hipotálamo es el mando de mayor rango, se sitúa en el cerebro y es el que en última instancia da la orden al cuerpo de desplegar el ejército. El hipotálamo, además de recibir información de la amígdala, recibe retroalimentación de diferentes órganos, que le informan a cada momento si la situación está controlada.

Una vez el hipotálamo decide desencadenar una respuesta defensiva, manda la orden a la hipófisis (también en el cerebro), que a su vez manda la señal a las glándulas adrenales (encima de los riñones) para que así finalmente el ejército se movilice. Los mandos al pie del cañón y dando órdenes a los soldados rasos son las hormonas adrenalina y cortisol.

Ambas se encargan de poner al cuerpo a punto para hacer frente al peligro. Además, el cortisol se encarga de la respuesta coordinada de unas tropas muy especiales: hígado, páncreas y grasa abdominal. Dichas tropas se encargan de proporcionar la energía que el cuerpo necesita. El cortisol es el que moviliza el combustible de dichos órganos, para que el cuerpo tenga la energía suficiente para hacer frente a la emergencia. Si no coordina a estos órganos, el ejército corre el riesgo de quedarse sin combustible y munición en plena batalla. Esto sería un desastre mayúsculo, así que esta parte de la respuesta al estrés es de vital importancia. El cortisol es nuestro amigo fiel y hay que quererlo. Y no darle horas extras, que el pobre sufre de burn-out y luego pasa lo que pasa.

Este sistema es muy útil y efectivo. Tan efectivo es, que después de millones de años, seguimos aquí. El problema es que es muy costoso energéticamente, pero bueno, en realidad, fue diseñado para afrontar situaciones límite y poco frecuentes. Más vale no escatimar si tu vida depende de ello. Ya habrá tiempo de descansar y recuperar.

¿O no?

ESTRÉS CRÓNICO

El problema es que, [modo abuela ON]: todo avanza que es una barbaridad y esto en mis tiempos no pasaba [modo abuela OFF], o eso pensará el eje HPA. En los últimos tiempos, y sobre todo en nuestra era industrializada, tecnológica, sobreinformada y sobre socializada, el cuerpo está literalmente bombardeado sin pausa por factores a los que tiene que responder sí o sí. Entre un tingre de bengala y un puto whatsapp de ese amigo coñazo que te gasta la batería no hay diferencia para tu cuerpo. El cortisol es un mandado y allá dentro no hay luz.

  No es sólo el ritmo de vida, el trabajo, la situación económica, los valores de esta sociedad, problemas personales, etc. Además de los factores que se han dado siempre, en los últimos años se están incrementando otros factores a los que normalmente no prestamos atención y a los que el cuerpo no se ha enfrentado antes. No es una ofensiva clara. Las guerras ya no son tan vistosas como antaño, no son cuerpo a cuerpo, sino que ahora es una guerra sibilina y de desgaste. No se detecta que te están atacando hasta que es demasiado tarde. Y esto es nuevo y el cuerpo no sabe qué hacer más que responder, por si las moscas.

   Si me estás leyendo y piensas que tu vida es muy acelerada y que apenas tienes tiempo de nada, o al contrario, duermes 5 horas diarias, vas por la vida sintiéndote Sansón y te preguntas, al leer esto, si estás dañando tu salud, la pregunta que tendrías que hacerte es ¿Cómo te sientes? Si tienes energía, te levantas con ganas y sin necesidad de un café para arrastrarte por el día, no te entra depresión post-vacacional, ni tienes eczemas, ni insomnio por causas no aparentes, si tu humor es estable, no te resfrías con facilidad, no tienes problemas menstruales o de fertilidad, no engordas sin motivo y/o no tienes barriga cervecera, si cuando llegas a las vacaciones no te da un bajadón y te pones enfermo y tu salud general percibida es buena, entonces, enhorabuena, puedes dejar de leer y respirar aliviado. Aunque si has llegado hasta aquí, tampoco te importará leer un poco más.

Si por el contrario tienes algunos de estos síntomas (¿o todos ellos?) tienes un problema. Y gordo. Porque el estrés afecta literalmente todos los aspectos de tu vida.

A mí la energía en organismos vivos me gusta describirla como dinero. Y es que no en vano, el ATP, la molécula que nos da energía, se le llama la “moneda energética”. El dinero compra objetos o servicios. Con nuestra energía también se consiguen ciertos servicios. Algunos, como la respiración y la regulación de la temperatura, son como el alquiler y la comida. Son básicos y no se pueden escatimar. Una vez pagadas las facturas ineludibles, te queda un remanente de energía que puedes utilizar como quieras. En el caso de la energía, generalmente y al igual que el dinero, nunca tenemos suficiente para hacer todo aquello que tenemos o queremos hacer.

Siguiendo esta analogía, una respuesta a estrés es como ese préstamo a un interés obscenamente elevado al que acude mucha gente desesperada. Te da un alivio rápido de las deudas que puedas tener, pero a no ser que lo tengas todo muy bien pensado y puedas juntar el dinero que debes, tan sólo estás retrasando el problema. La factura la vas a pagar cara. Se te acumulará una deuda monstruosa y si esto lo vas haciendo de forma continua, sin realizar apenas ingresos, entonces tú ya no tienes una deuda, eres una versión individual de Grecia.

Lo malo, es que no es tan fácil darse cuenta de que estamos viviendo por encima de nuestras posibilidades, porque parece que vivimos en una sociedad que está hasta las trancas de anfetaminas y que encima te dice, aún sacando la lengua, que para ayer es demasiado lento.

Tampoco te va a ayudar el escuchar cómo te sientes cuando estás en pleno apogeo de energía. Te acaban de dar un crédito, dinerito contante y sonante. Te sientes como Dios. ¿Quién se va a acordar de los intereses? Tu cuerpo se siente pletórico, rindes más que nunca, y te sientes BIEN. Si todo está bien, para qué cambiar.

Realmente aquí lo único que te puede ayudar es conocerse muy bien y saber cuáles son tus niveles normales, sin chutes de hormonas del estrés. Si por lo que sea no has tenido acceso a este autoconocimiento por atender a cuestiones de supervivencia más inmediatas o has crecido en un ambiente en el que no se ha honrado tu persona y tus ritmos, lo tienes más complicado. Tendrás que empezar por el final y si lees esto quizás sea tu caso.

Tu cuerpo peta, tu energía se evapora y entonces aprendes qué es normal para ti y qué no. ¡Fantástica oportunidad para aprender! Bueno, en realidad no te queda otra, porque en el momento que te pases de rosca y ese rosca puede ser algo tan nimio como hacer deporte 5 minutos más de lo planeado, entonces tu cuerpo entrará en coma profundo de nuevo. Irás de apagón en apagón hasta que sepas ver cuáles son tus límites.


Y de momento, lo dejo aquí. Se me quedan en el tintero el saber qué exactamente estresa el cuerpo y cómo minimizarlo, así cómo conocer algo más sobre el cortisol, este mando tan industrioso y que nos salva el culo y al que tenemos sobreexplotado.

Y a vosotros, ¿En qué ocasiones se os sube el cortisol? A mí en tantas, que he gastado las reservas del cuerpo. ¡Ja! Superadlo, si podéis.

Juan Luis Guerra en realidad se refería al cortisol, pero por efectos de sonoridad y métrica utilizó la bilirrubina.Ya sabéis, a partir de ahora en el estribillo cantad “Me sube el cortisooool”.

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OB Pilar 1: Dormir más y mejor.

Igual me he temado demasiado en serio esto que decía de vivir muy por debajo de mis posibilidades, porque está claro que estoy dejando un poco de la mano de Dios lo del reto Operación Bufanda (OB). Con matices: lo estoy haciendo, no lo estoy escribiendo.

Visto lo visto, creo que voy a simplificar al máximo. Simplificar es algo que estoy aprendiendo a hacer a marchas forzadas. Mi idea de perfección es demasiado elaborada, y como para llegar allí primero hay que empezar por lo fácil, pues por aquí empiezo.

Los pilares de la salud

Ya me habréis notado una cierta obsesión con el estrés y los efectos nocivos en la salud. Creo que la mayoría de la gente no es consciente de lo que realmente es el estrés y los cambios que provoca en tu cuerpo y cómo es la causa última que te provoca enfermedades varias y otros síntomas. Luego la gente dirá, mira, he engordado, o tengo síndrome de ovario poliquístico, o eczema, o no voy al baño bien, o tengo artritis y pensarán en montones de cosas, de causas, pero no en la verdadera, el estrés. El estrés además, toma diferentes formas, no es “sólo” el estrés de tener que entregar un trabajo, de cuidar a una persona mayor, etc. Tengo una entrada escrita al respecto, que espero que pueda aclarar algo los conceptos.

Entonces, sabiendo pues que el estrés en sus diferentes vertientes es una causa nada desdeñable de muchas dolencias físicas y mentales, ¿Qué hacer al respecto?

¿Habrá que dejarlo todo y recluirse en un monasterio budista? ¿Habrá que hacerse vegano y evitar la indignación en todas sus vertientes y ser muy happy flower?

Lo cierto es que antes de llegar a estos extremos hay dos cosas muy sencillas (en principio) y baratas (gratis!!) que se puede hacer y que van a mejorar tu salud de forma rápida y dramática: el descanso y el ejercicio físico.

Podría hacer un análisis sesudo de por qué ambas medidas tienen un impacto tan grande, y sin duda daré datos, pero ya he dicho que lo voy a mantener simple y dejaré que los datos vayan saliendo poco a poco y así, como en una novela policiaca, vayamos todos juntos, atando cabos y acorralando al culpable.

PILAR #1: EL DESCANSO.

Dormir bien y a su hora es fundamental para que nuestra máquina esté bien engrasada. Todo en la naturaleza tiene su momento de actividad y de descanso. Fijaros y lo veréis.

Nosotros no somos menos y por la noche hacemos una parada en boxes para que el cerebro descanse y el cuerpo pueda detoxificar a gusto.

Es importante que sea por la noche puesto que somos especies diurnas y muchas funciones corporales tienen un marcado ritmo circadiano. Eso significa que los niveles de ciertas sustancias bajan o suben a lo largo del día, sincronizándose con el día. Esto es así, para automatizar ciertas funciones y así gastar menos energía. Ya sabemos que es más fácil hacer algo que hacemos todos los dís (alias hábito) que ponerse a pensar si haces o no haces eso todos los días. Cuestión de optimización.

¿Qué funciones tienen ritmo circadiano?

El control de la energía: el cortisol se eleva por la mañana para que así tengamos energía y nos levantemos y disminuye a lo largo del día, siendo el pico más bajo al oscurecer. Si no vamos a dormir cuando los niveles son más bajo, a la larga rompemos este control interno automático y se pondrá en modo manual. Este modo no existe, pero sabrás que has llegado a él porque igual te entra un sopor inmenso en algún momento del día, pero claro, no vas a dormir, que tienes trabajo y esas cosas, y por la noche, te entra un subidón que no baja hasta que son las 6 de la mañana. Insomnio al canto. Lo cierto es que los niveles de cortisol serán una puñetera montaña rusa y nunca sabrás la hora en la que te entrará sueño.

Detoxificación: aunque no ocurre exclusivamente por la noche, sí que es cuando dormimos que todos los recursos del cuerpo se pueden dedicar a dicha función sin que se vaya bombardeando al cuerpo con nuevas cosas que detoxificar. El hígado es nuestra gran planta recicladora, y si no le damos el tiempo suficiente para realizar su función, se irán acumulando tóxicos en el cuerpo.

Reparación y crecimiento: la hormona del crecimiento es más elevada durante la noche, cuando dormimos. Dicha hormona tiene varias funciones, pero es una de las llamadas hormonas de la juventud: estimula el sistema inmune, promueve la lipolisis (es decir quemar grasita), incrementa la biosíntesis proteíca (es decir, formación de músculo), promueve el crecimiento óseo (adiós a la osteoporosis). Y un largo etc. Es tu hormona y lo sabes. Y sólo la produces cuando duermes.

Una deficiencia en niños provoca que crezcan menos y en adultos es responsable de obesidad troncal (barriga cervecera), así como de una merma en la energía, masa muscular y en definitiva calidad de vida.

Regulación del apetito y por tanto de la obesidad: hay dos hormonas que le dan señales al cerebro para que dé la órden de comer más o menos: La grelina hace que el cuerpo te pida comida, y la leptina que pares de comer. Si no duermes adecuadamente, los niveles de grelina se disparan y los de leptina disminuyen. Es decir, comes más, engordas más.

Niveles de glucosa en sangre: Si no duermes o duermes poco y mal, tendrás mayor niveles de glucosa en sangre que si durmieras lo que tu cuerpo necesita. Los efectos a largo plazo ya los sabemos: insensibilidad a la insulina y desarrollo de diabetes tipo II.

Tu cerebro también necesita repararse y reforzar lo aprendido durante el día. Esto se logra durmiendo. Así que, además de estos efectos físicos que que harán envejecer a marchas forzadas y adquirir enfermedades absolutamente evitables, lo cierto es que la falta de sueño está relacionada con la depresión y muchas otras enfermedades mentales.  Como siempre, habría que preguntarse, ¿Qué fue antes, la gallina o el huevo? Si tienes ansiedad y depresión y además no duermes bien o tienes insomnio, yo pondría tu ansiedad y depresión en stand-by y haría todo lo humanamente posible para recuperar unos buenos hábitos de sueño. Una vez se han atacado las causas físicas, se pueden ir a por las emocionales, pero quizás descubras que teniendo unos adecuados cuidados físicos, los embates de la vida son algo más fáciles de sobrellevar y de combatir que cuando tu cuerpo está en un total war, intentando mantener una homeostasis o equilibrio que tú te empeñas en querer romper día sí y día también.

Dormir poco también podría quitarte puntos del carnet de conducir, porque a efectos prácticos, tan sólo dormir 1-2 horas menos de lo que tu cuerpo naturalmente te pide, tiene los mismos efectos que si hubieras bebido. Tu memoria a corto plazo se ve afectada, tu rapidez de respuesta también y en fin, todos sabemos lo que es estar borracho.

Hay mucho aún que hablar de este tema y en los próximos días iré revelando más. Además, me gustaría explorar maneras de cómo hacer un reset en un cuerpo a tomarpor y conseguir de nuevo sincronizarse y dormir como un bebé. Yo lo he logrado, al menos casi siempre lo logro 😛

Estrés y obesidad: ¿Quieres adelgazar? ¡No hagas dieta!

Hace un tiempo, por casualidad llegué a un libro de esos a los que una de mis tías le gusta leer y regalar. La destinataria del libro era mi madre y el libro estaba abandonado desde hacía años, sin que nadie le echara cuenta. El pobre libro había pasado, como muchos otros, sin pena ni gloria.

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Si vives estresado (máxime si tienes algo de sobrepeso) lee este libro YA.

Un día, iba de visita y lo vi. Le eché un vistazo. Me interesa mucho la nutrición y aunque luego, por dejadez, no sigo prácticamente ninguno de los consejos, que son los de siempre, en esta ocasión despertó poderosamente mi atención.

Mis reacciones fueron las siguientes:

– Esta tía sabe de lo que habla.

– ¡Lo sabía! Yo no estoy gorda, ¡yo estoy estresada! ¡Toma, toma, toma! (tengo la intución de que mi cuerpo es más bien rollo corredora Etiope, pero tengo tendencia a engordar por el centro, eso es asín).

– El aspartamo (en Coca-Cola light, etc, etc) al metabolizarse en el hígado da lugar a metanol y formaldehído. ¡Formaldehído! Grité. Coño, ¡¡¡si es súper tóxico!!! (lo usamos en el laboratorio para purificar RNA).

Mi reacción a ese libro fue dejar la Coca-Cola ipso-facto. Jamás me ha gustado la Coca-Cola. De pequeña recuerdo que me salían las burbujas por la nariz y me resultaba muy desagradable (como cuando te entra agua por la nariz en la piscina). Luego, empecé a tomarla como droga para mantenerme despierta y poder estudiar durante la carrera. El café se me estaba quedando corto. En época de exámenes llegué a beber 2 litros al día (en apenas unas horas). Seguía teniendo sueño y dormía, pero parecía Pocholo hasta las trancas de anfetaminas. Al enterarme de lo que os he contado, la dejé de forma radical. De un día para otro. Sin mirar atrás. Me tomaría un par de ellas en el próximo año (comprobado: ¡la Coca-Cola engancha! El azúcar provoca adicción, que lo sepáis), pero ya la veía como veneno puro. Ahora puedo tomar alguna de vez en cuando, pero ya no sueño con una Coca-Cola fresquita, con su hielito y limón. Ahora la veo exactamente como la veía de niña: esa cosa asquerosa que “para un de vez en cuando”, pero poco más.

Pero volvamos al tema.

En el libro, la Dra. Glenville que es médico y además doctora (de PhD, o sea, investigadora) explicaba la relación que existe entre el estrés y la obesidad. El libro es realmente bueno, y creo que más que un libro de perder peso, es un muy buen libro sobre los efectos físicos que provoca el estrés (el márqueting manda, supongo).

Habla de como unos niveles constantemente elevados de cortisol (=estrés) provoca no sólo que acumules más grasa y tengas más ganas de comer energía rápida (es decir guarradas), sino que además, esa misma grasa que se acumula, sobre todo en el abdomen, actúa como un órgano endocrino (pero chungo, boicoteando al cuerpo) y provocando a su vez QUE NO PIERDAS GRASA y que sigas estresado (menudo bucle). Un cuerpo estresado es un cuerpo en alerta, preparado para atacar o huir. Un cuerpo estresado necesita energía y no va a soltarla así como así. La grasa es su banco de energía y como si de dinero se tratara, quiere acumular, más y más, máxime en épocas de crisis (igual que se ve que la gente gasta menos y ahorra más cuando hay crisis que cuando hay bonanza económica).

  Vaya, que con el estrés, has dejado pasar al diablo a tu casa con recibimiento estelar y alfombra roja. Creyendo que hacías lo mejor, haciendo gala de tu buen hacer y hospitalidad, le has otorgado un lugar preferente en tu casa y él se ha cogido, no el brazo, sino el cuerpo y tu vida entera. Ahora lleva años viviendo con él, no sabes cómo echarlo y ni siquiera sabes cómo carajo llegó a instalarse. Menudo hijoputa, el estrés.

¡OMG!
¡OMG!

  Todos sabemos lo que se siente cuando uno está estresado, pero lo que a veces no somos conscientes, es que no sólo es una sensación más o menos desagradable, sino que estás activando en tu cuerpo toda una cascada bioquímica. Que si bien por poco tiempo te da una sensación de subidón (cuidado con el enganche a sentirse todopoderosos), mantenido en el tiempo, todos esos cambios bioquímicos actúan en tu contra. Creo que es para pensárselo.

Y como además todo está relacionado, llevo ya unas semanas que estoy estudiando la bioquímica de todo esto. Desde los factores que lo provocan (mentales, físicos y ambientales) hasta las consecuencias físicas a diferentes niveles (psicológicos, hormonales y por tanto físicos, relacionales, etc). Mi objetivo es entenderlo lo mejor posible, porque tengo más que comprobado, que sólo cuando se entienden las cosas y su importancia, es cuando se toman en serio los cambios de hábitos.

Además, en este caso, cuanto más leo y más entiendo, más claro veo que mi problema BÁSICO es el estrés. Todos los síntomas que tengo están relacionados de forma primaria con el estrés. También he entendido, que mal me pese, tengo un sistema nervioso que salta a la mínima, como ya expliqué por aquí, y que por tanto, soy especialmente propensa al estrés. Vamos, que soy de gatillo fácil. Así que con más motivo tengo que entender cómo funciona el condenado y convertirme en un monje budista zen, pero viviendo en un mundo de gente que parece que se toman café con anfetaminas por las mañanas.

Yo he dejado el café, y sigo acelerada. Es innato.

Esta voy a ser yo en unos años. De saltar por todo a ser la serenidad y calma personificada (foto encontrada rebuscando en Google).
Esta voy a ser yo en unos años. De saltar por todo a ser la serenidad y calma personificada.                 (foto encontrada rebuscando en Google)

  Por otro lado, y en relación al estrés y la obesidad, no hay que estar OBESO MÓRBIDO para tener este problema. Lo que hay que tener en cuenta es cuál es nuestra constitución y que si somos de consitución normal o medio-delgada y tenemos un poquito de flotadorcillo, aunque objetivamente no estemos gordos, eso en nuestro cuerpo es ya obesidad y que quizás, esté causado por el estrés. Y que la obesidad o sobrepeso en estos casos, no es sólo algo estéticamente fastidioso, sino que es un síntoma del desbarajuste bioquímico que reina en tu cuerpo. Date por aludido, porque sino el sobrepeso será el menor de tus problemas. Te lo digo por experiencia.

De hecho, en mi caso, cualquiera que me vea no pensara que esté obesa, quizás un poco rechoncha, sobre todo en el último año en el que he ganado 7 kilazos (que casualmente, ha sido un puto sube y baja de inestabilidad de todos los tipos que pueda experimentar una persona en su vida cotidiana en el primer mundo: sentimental, familiar, económico-trabajo, mudanza-triple premio para las mudanzas en el extranjero).

Hace unos años, al subir ni la mitad de esos kilos, me habría puesto manos a la obra con disciplina militar. Deporte, comida, todos sabemos lo que hay que hacer. Balance energético, gastar más que consumir. Sin morir de hambre, comiendo sano, y todo eso.En poco tiempo, zas, en mi peso.

 Ahora, que ya empiezo a ser más zorra (por vieja, eh?? :P), ya me empiezo a ver por donde van los tiros y estoy despistando al cabrón (al huésped caradura)…como sé que el estrés es su aliado estoy tomando medidas en coherencia con ello. Estoy convencida de que la ecuación de ingerir menos de lo que se necesita para crear una balance negativo y adelgazar no funciona. Sí, cuántas veces hemos oído a los médicos que las dietas milagro no existen. Que hay que perder peso poco a poco, comiendo moderadamente y muy, muy, sano. Y es que, la dieta entendida como restricción de calorías en personas estresadas, sólo incrementa el problema. No funciona. Acabas frustrado, cansado y más estresado. Ah, y recuperas los kilos y algunos más, de los intereses.

Lo repito más claro por si no se me ha entendido: si llevas una vida estresada, no paras en todo el día y siempre te da la sensación de ir corriendo de aquí para allá, y quieres perder peso: ¡No hagas dieta! ¿Qué hacer pues? Lo iré explicando próximamente, pero si no puedes esperar hasta entonces, empieza por aquí: Huye como de la peste de la cafeína (y teína, y si me apuras, del azúcar ya que estimula más que la cafeína). Lo siento si te gusta, si estás o eres un estresado, la cafeína la traes de serie.

Si bien yo fui pava por dejar entrar al estrés en mi vida y ni enterarme, ahora el pavo va a ser él, y poco a poco voy a atacar a su bastión más preciado, el primero en aparecer y el último en irse, la grasa acumulada, y en cuanto se quiera dar cuenta, estará en el porche de casa, le ofreceré mi mejor sonrisa y en cuanto se relaje, ZAS, cerraré la puerta en su boca y me reiré malévolamente y diré, ahora quién se ríeeeeeeeee, ehhh????? Bueno, seguramente mi respuesta será más zen, porque habré logrado la paz espiritual y nada me alterará. Pero en mis ojos, y mi ommmm, el mensaje básicamente séra un “Toma, toma, ¡TOMA!”. 🙂

Tú relájate, lindo gatito, relájate, que ya verás...
Tú relájate, lindo gatito, relájate, que ya verás…

 Próximamente, empezaré a desglosar lo que estoy aprendiendo, porque creo que puede resultar interesante para más personas en esta situación. Creo que, en general, aunque todo el mundo sepa que el estrés es nocivo para la salud, no llegamos a entender hasta qué punto. Los médicos lo dicen, te dicen que acorta la vida, que engorda, que te sube la presión que puede provocar infartos, etc, pero es algo así como abstracto con lo que nadie se identifica. Y eso es porque no lo entendemos y no nos identificamos con lo que no entendemos. Es lo de siempre, si no lo vemos cercano, no nos afecta tanto y no nos preocupamos. Pero nuestra salud es lo más cercano y preciado que tenemos y si no nos preocupamos, es básicamente un suicidio programado.

Reflexión final (pensamiento en voz alta)

Es curioso, casi broma macabra, que mi tesis doctoral haya sido en parte estudiando el estrés (de organismos fotosintéticos). Decía yo en broma que la estresada al final sería yo. Y claro, yo siempre tengo razón, es un fallo que tengo y aquí me véis.

Lo que no veía entonces es que ya por esa época yo llevaba casi una década estresada y fue cuando rocé la década que empezó mi caída libre. Colapso físico. Cinco años de cansancio infinito y sin poder levantar el vuelo, si acaso por arranques, cabezona que es una. Negatividad en su máximo apogeo. Ganas nulas de seguir adelante con mi vida (se me antojaba tela de cansado).

Ahora, al contrario que entonces, el objeto de estudio soy yo y el trabajo podría llamarse algo así como “Estudio funcional de los efectos crónicos del cortisol en organismos altamente perfeccionistas y autoexigentes”. Ahora, relleno mi diario del laboratorio sobre los cambios en el comportamiento y fisiología del especímen objeto de estudio. Estudio, tengo una hipótesis, planifico experimentos y observo los resultados. Luego emitiré conclusiones. Sí, creo que ya sé por qué hice la Tesis. Y no descarto escribir una segunda (pero sin formalidades).

Sacando la artillería pesada

Hoy vengo con una entrada cortita, después de mi espumarrajo de entrada anterior (más sobre eso cuando toque).

Veréis, empecé este blog para hacer un seguimiento de la mejora de mi salud y bienestar general. Y es que durante los últimos años, he hecho cosas que deberían haber mejorado mi estado: terminar un trabajo agotador, descansar, comer bien, pensar “en positivo” (ya hablaré algún día de estos qué pienso de la actitud lobotomizadora de la psicología positiva).

Pero en lugar de ir a mejor, los síntomas físicos de agotamiento cada vez han sido más evidentes. No entendía nada. ¿Cómo puede ser? ¡Si cada vez hago menos, pero me canso más!

He leído una cantidad ingente de información y he dedicado parte de mi colchón financiero a dedicarme casi en exclusiva a ello.

¡Ejem! Me estoy empezando a plantear si esto funciona…

 

Mientras el resto de gente avanzaba en el caminito de su vida, y conseguían grandes gestas, yo me he quedado en la cuneta, me he puesto la bata, he sacado pinzas,  y me he puesto a analizar. Lo he llevado en silencio y me he tenido que tragar muchos comentarios condescendientes o indirectamente críticos, en plan, qué haces con tu vida, so parásito, te creía inteligente y curranta. Lo peor, sin duda, han sido mis propias críticas.

 

Pero algo me decía que tenía que hacerlo. Que si me montaba de nuevo en la rueda del hamster, acabaría donde antes. He dado muchos tumbos. Médicos, psicólogos, libros, DIY. Pero las piezas seguían sin encajar. Igual eran muchas y todavía no tenía una idea clara de qué imagen buscaba para armar el puzzle. Eso lo complicaba más. Y para qué engañarnos, en la era del desarrollo personal, la cantidad de paja presentada de forma sensacionalista no ayuda. Habían piezas que ni siquiera pertenecían al rompecabezas.

El escribir en este blog, entre otras cosas, me está permitiendo estar mucho más alerta de lo normal. Estoy como un sabueso rastreador. O como un científico, observando a sus bichos bajo el microscopio y anotando todo. Cansa mucho, no os lo voy a negar.

Y…¡Otra dioptría y neurona al traste! ¿Acabará esto alguna vez?

 

El otro día, me tuve que sentar con mi equipo de evaluación (yo y yo misma) para ver por qué había fallado estrepitosamente el último paquete de medidas, tomadas hace poco más de un mes. Dado el éxito del primer paquete, me sorprendió. Empecé a buscar causas del por qué las medidas anteriores habían funcionado y éstas no. Qué había hecho mal. Me di cuenta de que no había elegido el orden adecuado.

Me percaté de que la vez anterior elegí hábitos que a su vez cambiaron otros hábitos. Un dos por uno. Con tan sólo poner consciencia, cambiar fue fácil. En cambio esta última vez, ni siquiera pude con uno y, de premio, además, se llevó al traste todo el trabajo conseguido anteriormente.

Tengo la firme convicción de que lo que es bueno para el cuerpo, es fácil de implementar. Él sabe bien lo que quiere.

Y me he dado cuenta de que esta vez he elegido fichas demasiado grandes, tan grandes, que no las he podido mover. Porque esto de cambiar hábitos, es como las fichas de dominó puestas verticalmente una detrás de otra. Si tiras una, caen las demás. Una vez se ha puesto en movimiento, incluso las piezas más grandes y difíciles van a caer. Sólo tienes que saber elegir qué puedes atacar primero.

 Ya llegaré, ya, "one step at a time"
Ya llegaré, ya, “one step at a time”

 

Y como soy una picada de la vida,  maldije en arameo y decidí sacar la artillería pesada. ¡Ya está bien, copón! Que una cosa es cultivar la despreocupación y otra es ir malgastando tiempo y recursos. Organizationwoman se puso al mando.

Analicé y redacté  de nuevo la lista de los hábitos que por experiencia y observación creo que tendría que cambiar para dar un salto cualitativo.  Los agrupé de nuevo e intenté sacar patrones. Finalmente me hice un pequeño esquema, que a lo largo de los días ha ido evolucionando y simplificando. Menos es más. Mi mantra.

Así que, aunque  es un trabajo en progreso, os presento el último esquema que me he hecho, modificado y customizado para ser presentado en bonito. Además, he encontrado un símil que no podía venir más a cuento.

Y es que en la naturaleza, la forma de funcionar es bastante parecida  independientemente de la especie. Porque lo que funciona, funciona y eso se conserva a lo largo de la evolución. ¡Diles tontos a los bichos! Cogen lo que funciona y lo mejoran. El tener un buen conocimiento de los modelos más simples me está siendo de inestimable ayuda para resolver este galimatías.

 

Así que, para concluir, me he comprometido mano en pecho y mirada al cielo, a usar todo lo que esté a mi alcance  para a entender el sistema, mi sistema y así poder cambiar con algo de fundamento y racionalidad y no con la sensación de que estoy usando un remedio esotérico de una tribu zulú.

Porque si a mí me dicen que el mindfulness es bueno, me lo puedo creer o no, pero si sé por qué es bueno, y tengo pruebas de ello, tengo más probabilidades de darle una oportunidad (aunque a veces eso no será posible y tendré que creer). Ídem con consejos de nutrición, de descanso, etc. Ir al detalle, para evitar qué pase en el futuro, pero a la vez mantener la visión global, que es sin duda, la que me ha llevado hasta el punto en el que estoy.

Y es que, en los últimos días, por fin, se me ha aparecido la imagen clara del puzzle en mi mente. Y ahora todas esas piezas, que he ido poniendo sobre la mesa y mirando minuciosamente, están encajando a un ritmo vertiginoso. Incluso las más difíciles.

 

Y por último, me he propuesto firmemente, currarme esto un poco bastante más que hasta ahora. Investigar, analizar y aunar los datos e intentar explicarlo de la forma más fácil posible. Vaya, lo que viene siendo un currarse las entradas un poco. Por mí, y para en un futuro poder estructurarlo y así que sea más fácil de entender todo. Por si me pierdo, encontrarme rápidamente. Porque difícil es un rato y aunque ahora lo tengo claro, la prueba de fuego será, como siempre, la práctica. La que dictaminará si mi hipótesis es cierta o una chochez típica de científica loca.

 

El tiempo dirá.

 

 ¡Aquí os dejo  la presentación-esquema! Frikismo incluido.

 

Echarse a andar (III): Reset.

Como decía en el post anterior, cuando tienes el sistema alterado, hay que hacer un reset. Sin contemplaciones. Y de ahí empezar a implementar poco a poco. Observando qué funciona y qué no.

En esta ocasión, mi aproximación es algo diferente a las anteriores. Y es que a lo largo de los años he ido adquiriendo una serie de hábitos que son la antítesis de una vida saludable. A saber: estar permanentemente conectada a internet, a redes sociales, hacer deporte por machaque no por diversión (estás gorda, adelgaza, etc.), irme a dormir a las tantas y seguir conectada, con lo que de repente, las 11 se convierten en las 4 de la mañana, así sin darse uno cuenta. Internet, esa biblioteca sin hora de cierre. Si eres curioso como yo, el saber parar el ir de un enlace a otro, es un auténtico desafío.

Así que mis primeros hábitos que llevo cultivando las pasadas dos semanas, son los siguientes:

1. Apagar tele (no la veo apenas), móvil y ordenador entre 10-10:30 de la noche.

El objetivo es claro: no alterar el ciclo circadiano y permitir entonces un buen descanso. Cuanto más tarde se apaguen los aparatos que emiten luz, más tarde logrará tu cuerpo producir la cantidad de melatonina (hormona del sueño) suficiente para que te duermas. Esto provocará una alteración de tu ritmo circadiano y luego vas a estar medio zombie de día y como un búho de noche.

2. Irme a dormir temprano (sobre la hora mencionada anteriormente, a las 11 como máximo) y dormir 8 horas mínimo.

Establecer una rutina del sueño, para que irse a dormir sea eso agradable que se hace de noche y que consiste en bajar el ritmo, relajarse, leer un poco, soñar despierta, y en definitiva algo que esperas y no algo que haces como un robot y que sólo aprecias por la mañana, cuando no hay quien te levante.

3. Moverme todos los días un mínimo de 30 minutos.

No necesariamente gimnasio o piscina u otros deportes. Con dar una vuelta por el barrio me sirve para esos días que no me apetece “hacer deporte”. Nuestro cuerpo está diseñado para moverse. De hecho, le encanta. Te lo agradecerá tanto en forma de mejor humor, mejor descanso y todo, que una vez te acostumbres, te resultará difícil decirle que no.

En mi caso, he puesto moverme un mínimo de 30 minutos en lugar de hacer deporte todos los días por una razón que no es aleatoria. Tengo la sospecha de que puedo sufrir fatiga adrenal, que vendría a ser que mis glándulas suprarrenales (que están en el riñón), han producido tales cantidades crónicas de cortisol (hormona del estrés), que la molécula de la que procede va directamente a proucir cortisol y no otras moléculas necesarias. Esto, explicado así muy por encima y patateramente hace que entre otras cosas: te canses con todo, tengas el ciclo sueño-vigilia a tomar por culo (cortisol alto por la noche, en lugar de por la mañana, con lo que estás activo de noche y dormido de día), etc.

“Hacer deporte” para mí es un arma de doble filo. Me cuesta empezar, pero cuando empiezo, paso de entrenar rollo “nivel abuela” a entrenar “nivel profesional”. Y pasarse, sobre todo si andas arrastrando síntomas crónicos de estrés, significa gastar tus reservas de cortisol, activarte una cosa mala, y lo que supuestamente es una cosa buena, hacer deporte, hace que te descontrole todo tu ciclo. Así que aquí, más que en ningún otro sitio, menos es más. Nada de series, nada de actividad vigorosa. Actividad suave, para que tus músculos recuerden que están ahí para algo, para que se vayan acostumbrando a moverse todos los días y ya cuando el sistema se vaya estabilizando, ir aumentando. Pero con cabeza. De momento está lejos de mis objetivos próximos el hacer deporte como lo hacía.

4. Trabajar cada día entre una hora y dos horas.

Me he dado cuenta de que necesito hacer algo que considero útil para sentirme bien. Pero también soy consciente, que al igual que con el deporte, pero mucho más en el caso del trabajo, paso de 0 a un millón en un momento. De ahí el límite tan estricto. Con una hora al día me conformo, ahora, eso sí, tiene que ser cada día. Y el máximo de dos horas, es porque ahora mismo mucho más no puedo hacer y porque si sigo mucho más, entro en mi dinámica “workaholic”.

Por ejemplo, ahora mismo estoy trabajando 3 días a la semana dando clases particulares. Esos días, el sólo hecho de ir y preparme las clases ya me paso de las horas máximas de trabajo. Así que, al contrario que antes, lo que hay que hacer, no empieza tras estas actividades, sino que ese día el cupo está cubierto. Y el resto del día lo tengo libre. Si me apetece hacer alguna actividad de esas pequeñas que hay que hacer en algún momento, puedo, pero sabiendo que yo por hoy, he cumplido. Los martes y jueves son días para mí, y mis proyectos alternativos. Y tener un día activo, con un día más tranquilo, pero no menos activo, me está yendo muy bien. No siento que me arrastro por la semana, sino que puedo descansar del esfuerzo.

5. Encontrar un rato para meditar cada día. O como entrenar a tu mente para que se centre en el aquí y en el ahora.

Lo de la meditación es algo que hasta hace unos meses, era una de esas cosas rarunas que yo intuía que jamás podría lograr hacer. Porque cuando se tiene una mente que parece un monillo hasta las trancas de anfetaminas, eso de dejar tu mente en blanco me parecía imposible. Y claro, como soy perfeccionista, cuando lo intentaba, me estresaba. Estresarse meditando me daba cuenta de mi inutilidad ante estas técnicas. Pero hará unos 4-5 meses, me recomendaron este libro: Mindfulness: Guía práctica para encontrar la paz en un mundo frenético.

Este libro ha sido toda una revelación. No sólo porque el que la escribe sabe de lo que habla, ya que es psicólogo clínico, y se ha basado en los estudios que ha realizado así como en numerosos años de experiencia, sino porque explica de forma muy clara cómo funciona tu mente, cómo se enreda y cómo parar eso. Y que es normal que al meditar tu mente no se quede en blanco, porque la mente es lo que hace: pensar. Es como pedirle al corazón que deje de bombear sangre y se ponga a producir insulina. Pues eso. Y lo que propone el libro que seamos espectadores de nuestros pensamientos. Como si fuéramos al cine. Y la verdad, si tenéis una mente tan inquieta con la mía, tendréis cine para rato. A días te tocan pelis de terror, dramones, y otros, son historias más tranquilas, más alegres. Además, te insta a concentrarte en tu respiración. Tu mente tiende a dispersarse, y de ahí que meditar sea un ejercicio para la mente. Igual que ejercitas tus músculos y con el tiempo puedes hacer más, con esto es igual.

LLevo dos semanas con estos hábitos y en tan sólo dos semanas, los cambios son más que notables. Estoy infinitamente más tranquila, siento que avanzo, que tengo un montón de tiempo al día para hacer cosas que me gustan, me despierto (sin despertador!) totalmente descansada y con ganas de hacer cosas. Además, llevo desde poco después de nuevo año dada de baja de Facebook. Y, ¡Sorpresa!, no lo hecho NADA de menos. De hecho, me ha liberado. Tengo un montón más de tiempo. Y es que si entras de forma compulsiva, tan sólo para ver qué se cuece, si tienes un like, mensaje, o ver todas las noticias de toda índole en el muro, se te va mínimo media hora cada vez que entras. Facebook es a las relaciones, lo que las patatas fritas a las calorías vacías.

La forma que tengo de hacerme consciente de estos nuevos hábitos ha sido la siguiente: en una cartulina he puesto cinco apartados con los hábitos a cambiar. Cada día que los cumplía, ponía una pegatina de un color diferente en el apartado correspondiente. Como soy una picada de la vida, esto hace que esté pendiente. Los primeros dos o tres días me costó, sobre todo lo de internet e irme a dormir temprano. Me enredaba hasta las tantas y parecía que me robaran las horas. Ahora, me sale solo. Porque ahora irse a dormir mola. Porque he recuperado el hábito de leer en papel ante de dormirme, algo que me encanta.

También me he dado cuenta qué pasa cuando tengo un disgusto emocional: mi mente se enreda, y entonces de la misma alteración física que siento y que no puedo controlar, me salgo por peteneras e intento conseguir esa calma que no consigo por mí misma, bien comiendo, bien con pensamientos en círculos y por supuesto, buscando información en internet hasta las tantas. El hacer este ejercicicio de los hábitos me ha hecho ser consciente de cómo el alterarme me jode el equilibrio en otros ámbitos de mi vida.

Pero también me he dado cuenta de que el forzarme a tener hábitos más saludables, hace que no tenga tanta importancia el tener un día malo, ya que al día siguiente, el ayer ya no importa, y tienes una nueva oportunidad de hacer las cosas bien. Hacer cosas que te sientan bien.

¡Ah! Y para premiarme por hacer las cosas bien, me estoy autorregalando experiencias: ir al cine, probar a ir a esa cafetería chula que vi, planear alguna excursión, etc. El placer del deber cumplido. Y lo curioso es que con lo poco que estoy haciendo, he avanzado más en dos semanas que en los últimos cuatro meses. Con lo que se confirma que el trabajar o hacer más para producir más es una auténtica falacia. Una ilusión de control.

Así, que el plan ahora mismo es seguir dos semanas más con estos hábitos recién adquiridos, observarme cuándo no los sigo, y trabajar los otros aspectos emocionales, que iré desglosando. Y seguir implementando nuevos hábitos. El órden que he escogido tampoco es aleatorio y creo que de momento he dado en el clavo.

Y a ti, ¿qué te mueve? – Principio de una etapa.

Llevo un rato mirando esta hoja en blanco, semi horrorizada y atacada por el pánico a escribir bazofia. Siendo consciente de que lo que escribo es más a menudo una vomitona mental de dudoso interés para el público en general, no deja de sorprenderme cómo de kamikaze era antes y la facilidad pasmosa con la que antes podía plasmar mis pensamientos y sentimientos más íntimos, o más bien mis “chispazos”. Sin filtros ni nada, total, ¿qué es internet? Para mí era una realidad paralela en la que las personas eran si acaso monigotes verdes o ventanitas que a veces emitían un pitido y que parpadeaban para reclamar tu atención. Quién me aseguraba a mí que los mensajes que emitían no eran programados por máquinas.

Así, con la inconsciencia que brinda la ignorancia, me ponía delante de la ventanita de las entradas y escribía sin cortapisas lo primero que se me ocurría. Ideas siempre tenía, puesto que de un anodino acto podía escribir 1000 palabras sin despeinarme. Luego le daba a “submit” como quien mete un mensaje en una botella y lo lanza al mar con esperanza y temor a partes iguales de que ese mensaje llegara a otro ser humano o bien se quedara vagando en la infinidad del ciberespacio. Cuanto más honestamente brutal o brutalmente honesta era más miedo me daba que el mensaje fuera encontrado. Más vale ser criticado por lo que no se es que por lo que forma parte de tu ser en proporciones similares a la del agua.

En esa época no corregía, ni utilizaba correctores, ni nada (ni ahora, mucho me temo) . La vida era demasiado corta y hay cosas, como la comida, que cuanto menos procesadas, mejor. Sin duda la vida es corta, o al menos lo era para mí en esa época, donde comer tranquilamente era un acto hedonista no digno de mi interés y mucho menos de mi tiempo. Producir, producir, producir. Mi mantra.

Hasta que mi cuerpo, el muy cabrón, eventualmente petó. Como petó mi ordenador un día, sin previo aviso y en medio de un peli. Así, sin más. Sin previo aviso. Sí, siempre me ha dado mucha rabia ser de carne y hueso. Había una época en la que fantaseaba en lo maravilloso que sería aprender mientras dormimos. Avanzaríamos mucho más y ya no habría lagunas de productividad. Me lo imaginaba algo así como una realidad paralela en la que en el momento en que me quedara dormida, mi segundo yo, “el que dormía”, se levantaría y se pondría a hacer todo aquello que no me daba tiempo en mis horas de vigilia. Y de mientras yo estaría durmiendo tan ricamente. ¿No es fantástico?

Aunar en un dos por uno, dos de mis mayores hobbies, dormir y aprender, sin que se hagan competencia. Lo malo, y que nunca tomé en consideración, o eso creo, es lo qué pasaría con los sueños. ¿Dejaría de soñar?

¡Menudo horror! ¡Con lo que me gusta soñar!

Para darme cuenta de que tantos años de productividad absurda me han atrofiado la capacidad de soñar. Y como mi cuerpo ha decidido no cooperar más con mi cerebro en este suicidio lento y planificado en el que se ha convertido mi vida, he decidido que mejor trabajan juntos y cooperan. La organización es uno de mis puntos fuertes, así que ya he hecho una distribución de tareas. A saber: el cuerpo guiará como una brújula el camino a seguir y la función del cerebro será poner su creatividad e ingenio y millones de conexiones sinápticas para lograr el objetivo. Una win-win situation. Mis favoritas.

No obstante, el proceso no es tan sencillo como parece, porque para eso hay que saber escuchar el cuerpo. Y como lo he ignorado tanto tiempo, me cuesta oírlo cuando se queja. Esto se pone interesante. ¿Y ahora qué? Pues ahora hay que hacer un “Back to basics”. En mi caso, y puesto que es un trabajo que lleva su tiempo, y que ya hice en su día, supuso volver al inicio de los tiempos, a esos en los que el trayecto de tu casa al colegio la disfrutabas como si de una exploración científica al antártico se tratara.

Identificar lo que te hace. Disfrutar.

Parece fácil.

Pero si tan fácil es ¿por qué lo postergamos continuamente?, ¿para qué?, ¿para quién?

Si mi lógica no me falla, tan sólo tenemos una vida, que además se me antoja corta con la cantidad de cosas molonas que se pueden llegar a hacer. Claro, eso podría llevar al despiporre descontrolado. Total, para qué hacer nada que implique un mínimo de esfuerzo, si la podemos espichar mañana. Además, la vida generalmente no es conocida por ser justa. A veces se dan una cantidad de sucesos puteantes en los que la realidad pesa más que tus ganas, y que aunque no determinan, sí que condicionan.

En los últimos años he experimentado con diferentes hipótesis para ver que ninguna de ellas por si sola es la correcta, ya que no son integradas en un todo. Llegar a ese temido momento: Tan sólo sé, que no sé nada. Gracias Sócrates. Lo he logrado con unos 2.500 años de retraso.

Al final, he llegado a la conclusión que no se trata de encadenar un sin fin de actos felices y disfrutables sin ton ni son, sino identificar lo que te mueve.

Eso que permite que le digas que no a los placeres más inmediatos en pos de algo superior o más importante para ti. Aunque eso no vaya a reportar resultados. El camino es ya suficientemente gratificante como para que luego, si no obtienes resultados no vengas como un ex- despechado con un montón de reproches. Pero si me levanté temprano por ti, objetivo, dejé de comer como una persona normal y de dormir cuando tocaba. Dejé de ser yo y ¿es así cómo me lo pagas?

Ahora entiendo que si he llegado al punto en el que estoy es porque yo hice algo para obtener otra cosa. Y lo peor es que me dejé guiar por el ego o el miedo. O los dos.  Y no me importó esforzarme todo y más. Pero cuando luego no obtuve lo que quería (ni siquiera lo tenía claro, eso es lo más dramático del asunto) mi nivel de frustración subió a niveles insospechados. ¿Cómo puede ser que tras dar todo lo que tengo y sacrificar lo que yo soy, no obtenga eso por lo que he trabajado tanto?

Elemental querido Watson, porque las cosas hay que hacerlas por convicción y no porque “pasaba por aquí”. Moverte porque cada célula de tu cuerpo te empuja a ello. Y que le den por culo a la productividad. De perdidos al río, o from lost to the river. Ahí, con dos cojones. U ovarios.

Y a ti, ¿qué es lo que te mueve? ¿Qué haces para honrarlo?

Y lo que pretendía ser un post en el que explicara cuáles son las cosas que me mueven, las piedras angulares de mi motivación vital (qué profundo), así cortito y sencillo, se ha  cconvertido en una de mis usuales vomitonas mentales.

Y resulta que sienta cojonudamente bien.

Bienvenidos.