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Reto Terminar Proyecto

Estoy a punto de tirar una oportunidad por la borda que me ha costado mucho conseguir.

 

Llevo sin trabajo “reglado” desde el 2010. Desde entonces he encadenado algún que otro contrato de dos-tres meses, en los que trabajas 6 (no por gusto, que para rebelde yo, pero al final tuve que pasar por el aro si quería tener el privilegio de pagar por un papelito unos 200 € o lo que costara y el tener el lujo asiático de que a un alemán se le haga el culo pepsicola al oir que eres Dotora). También he trabajado en un minijob de bastante menos de 450 €. Fue mi proyecto de investigación social en Alemania: ¿Cómo se siente siendo un inmigrante de mierda atrapado en el mundo minijob? Pues os lo digo: una auténtica mierda. Aunque los alemanes (los y no LAS) son más buena gente de lo que yo me habría supuesto. Fue una experiencia de lo más interesante y soy consciente, y lo fui siempre, que tenía el privilegio de irme cuando yo quisiera. Cosa que mucha gente no. Un día hablaré sobre el tema de los minijobs y el “milagro alemán” bajo mi humilde y totalmente sesgado punto de vista.

Aparte de esto, y de forma casi continúa, he estado dando clases particulares. Sólo mi mejor amiga sabe que además de inglés para niños-adolescentes, también he estado dando clases de alemán. Mi alemán hace 3 años era nivel: ¿cuál era el artículo de “Nombre”? Y eso que cuando lo dejé, tenía nivel B2 oficial y C1 no ofiicial. Pero es lo que tiene, que si no lo usas, las conexiones sinápticas se desdibujan.

Y me dije, estaría tan guay recuperar una buena parte de me alemán antes de irme a Alemania (a recuperar mi alemán perdido) y así ir recuperando tiempo. Y a ser posible, sin gastarme un duro. O mejor, aprender cobrando, el súmum de la productividad. Total, que puse un anuncio, que por ponerlos no vas a la cárcel y me olvidé del tema. Con tan mala pata, que me llamó un chico que estudiaba Turismo en Málaga pero que vivía y curraba en Sevilla. Y me dije…¡joroña! Y ahora, ¿Qué hago? Como soy así, me dije, bueno, puedo ir, probar y si veo que no puedo servirle de ayuda al chaval y que va a perder el tiempo y el dinero, va y le digo que no puedo darle las clases y ya.

 

[WARNING: Momento abuela cebolleta ON]

Me preparé la clase, me hice una idea de lo que necesitaba el chaval y empezamos a trabajar. Vi que podía hacerlo. Y me tenía que empeñar bastante en casa para dar clases de calidad. Me estructuré las clases “my way” y con una media de 1.5 h de clases semanales el chico pasó de nivel 0 de alemán a aprobar con nota su examen de la uni (en tres meses creo). Además, su profesora, que le pasaba material a distancia y le monitorizaba, le dijo que le gustó mucho la estructura y método que le había proporcionado. Me sentí extrañamente orgullosa de mi misma. Mucho más que cuando leí mi Tesis.

 

Y luego, llegó más gente, entre ellas una chica que estaba haciendo el MIR y que había conocido a un alemán. Se había enamorado y quería irse a alemania con él cuando terminara. Me contactó y me dijo que en un mes y medio quería presentarse al examen oficial del A1. El A1 es fácil, pero para alguien que con sus palabras “no se me dan bien los idiomas” se necesita un tiempo de adaptación. A mí se me dan medianamente bien y recuerdo estar con “wie heisst du?” y todas las combinaciones durante el primer mes. Y aún así, no era infrecuente que a veces pensara…ains…como era “vosotros”?

Que me acojoné ante la petición sería poco. Pero me dije lo mismo que con mi primer alumno…ve, valora la situación y si no puedes, deriva. Y funcionó. No es todo mérito mío, claro, pero me lo curré. Aúne años de aprender idiomas y lo que había aprendido que funcionaba mejor para aprenderlos. E intentaba sacar cuál era la motivación de la persona para aprender el idioma y sacarle jugo por ahí. A esta última alumna no se le daban bien los idiomas (eso es una mentira y se lo demostré), pero es una persona muy comunicativa y si no habla se muere. Lo exploté al máximo. ¿Resultado? Aprobó su examen con máxima nota. Yo me fui a Alemania y ella me contactó. “Oye, que sé que me dijiste que no, pero porfa, porfa, porfa, podemos probar dar clases a distancia y ver si funciona?” Y yo no lo tenía claro. Pero me lió. Me lió y acabé ayudándola a conseguir un B2. Y eso que en un momento le dije que se fuera a una academia, ya estando ella en Alemania. Fue a la supestamente mejor: al Goethe Institüt y casi se me corta las venas. Volvió suplicándome.

Así que, en un año y medio, consiguió su pasaporte al mercado laboral alemán. El primer año ella estaba en España y trabajando de 8-3. Teniendo clases para su Tesis por la tarde. Haciendo guardias (he ido a dar clases al hospital!) y el redoble final de tambores: se quedó embarazada y estando el maromo en alemania lo sacó todo para adelante ella sola. Y luego, ya en alemania, con la niña aprendiendo con ella (y llorando, mamando, gritando, etc, más adelante). Mi alumna fue un ejemplo de que querer es poder y de una fuerza de voluntad impresionante. Nos hicimos amigas y la ayudaba en sus primeros momentos de choque cultural. Y a mí me ayudó a entender que eso de “no sirves para X” como si fuera algo que te dieran al nacer es una falacia. Este sentimiento no lo tuve antes, más que al ir terminando la universidad y en especial durante mi Tesis. “No eres inteligente para esto”, “no sirves para esto”, “No encajas aquí”.

Y con este experimento que más de un filólogo se echaría las manos a la cabeza y me acusaría de intrusismo profesional (y en parte tendrían razón), me di cuenta de que lo único que hace a alguien válido o no para algo es la práctica. Algo que yo sabía ya de sobras por mi larga experiencia en el mundo académico, pero que por alguna razón en los últimos años me dejé convencer de que había una especie de inteligencia innata que te hace ser bueno en algo y que eso no se puede cambiar, y que yo, siendo muy consciente de mis limitaciones, no tenía.

 

[WARNING: Momento  abuela cebolleta OFF]

 


 

Y todo esto para decir que este sentimento de fraude aún me persigue. Y me doy cuenta de que tiene que ver con ese sentimiento tan arraigado mío de no pertenecer.

 

Pero que esa es mi particular lucha personal y no puedo dejar que determine mi vida.

 

Así, que, ante mis más que claras reticencias de terminar el proyecto (que tendría estar escrito ya y del que no tengo apenas 10 líneas escritas) sé que se encuentra un pánico a la soledad. Soledad de hacer un proyecto en una empresa al que no le importas a nadie nada, en el que vas a estar básicamente sola. En una ciudad en la que me he sentido dolorosamente sola. En el que no le importas a nadie y en el que los débiles lazos que te unen a España se rompen irremediablemente, porque la gente no entiende que necesitas contacto humano y que la aclimatación a un sitio nuevo se siente dolorosamente solitario.

El darme cuenta, al leer un libro, que este sentimiento no es nada nuevo para mí. Que es el leit motiv de mi vida. Lo que me impulsa a hacer o no hacer las cosas. Y que no puede ser que una situación familiar de mierda, en que nadie se preocupa más que de uno mismo, en el que la inmadurez y el comportamiento ruin son la norma, afecten mi vida de forma que me la destruya.

 

Necesito salir de este pozo como sea. Me estoy planteando hacer un proyecto grande y absurdo acerca de esta temática tan mía: “La soledad”. Ayer, al leer el libro del que ya os comentaré, me di cuenta. Mi problema base.

Hay mucha gente sola en el mundo. Diría incluso, que la soledad, en gran medida, es la culpable de muchos males de la humanidad. Eso implica la soledad impuesta a personas mayores, a inmigrantes, a mujeres en muchos ámbitos, y aun largo etc.

 

En cuanto al Proyecto, aunque ya estoy incumpliendo un plazo no oficial y me siento como el culo por ello, me doy cuenta de que es mi miedo el que habla y que si no sigo adelante, presentando lo que sea, un churro si es necesario, me sentiré aún peor. E intento pensar en lo bien que me sentía en Sevilla investigando sobre el tema y explorando el ir al laboratorio por amor al arte, a mi rollo, y no para suplir cierta emoción negativa. Y me quedo con eso.

 

Y los próximos 10 días, como si fuera uno de mis entrenamientos de natación de antaño, me propongo terminar el proyecto.

 

Es decir, escribirlo, entregarlo al futurible jefe y dejar los últimos días para repasar y modificar. Eso es una gran tarea, comparable a nadar 5 km diarios cuando no has movido el culo en medio año, o más, y sé lo que me espera. Dolor, cansancio. Pero sé también que es posible, porque no es la primera vez que nado 5 km, y la memoria está allí. Y porque hay mucho trabajo hecho ya aunque esté aún en mi mente.

Pero también sé cómo hacerlo, porque la larga distancia es lo que te enseña: a encontrar técnicas para no pensar en el dolor actual, no pensar en lo que queda, sino en el ahora mismo. En estos 500 metros. Seguir moviéndote, trascender todo eso.

Me hace gracia que Mireia Belmonte dijera no hace mucho que ella en las pruebas largas cantaba. Me reí y pensé en mi “radio” que utilizaba cuando adolescente para nadar porque era aburrido a matar (aunque a mí me gustaba  y me gusta) y de alguna manera me tenía que entretener. Así que me cantaba las canciones que más me gustaban como si fuera una radio.

Más adelante ya no necesitaba eso. Me separaba el entrenamiento en pequeñas unidades de 500 metros, y en unidades más grandes de 1500 metros. Superar cada unidad era un triunfo y la sensación de cumplir te impulsaba a conseguir la siguiente unidad. Estaba totalmente prohibido ir fuerte en los primeros 500 metros, que son los más difíciles, porque estás fría y te cansas rápido porque tu sistema cardiovascular no está acostumbrado aún. Es fácil pasar del “buaaaah, hoy lo peto” a “buah, me quiero morir”. Esa regla es básica. Y otra regla era no pensar en lo que quedaba en la primera mitad del entrenamiento. Otra técnica era que los primeros 1500 metros eran de sondeo. Lento, seguro, agradable. La confianza así aumenta. Luego, empiezas a meterle un poco de caña, pero de forma controlada. En fin, podría seguir y seguir, con todo lo que he aprendido con la larga distancia (nivel amateur) por amor al arte pero de momento lo dejo aquí.

 

Mi compromiso lo hago público, porque es como más funciona (eso o enfrentarme a una doble culpa) y en los próximos 10 días iré actualizando esto con progresos o simplemente lo que se me vaya ocurriendo.

 

 

Mis mantras: “No pienses en eso ahora* y búscatelas para disfrutar el proceso” (*soledad en Berlín, no sé si es lo que quiero hacer, me voy a morir de asco ahí). “Sabes que puedes hacerlo. En plazas más difíciles has toreado” “A mí SÍ me importa y mereces luchar por lo que te importa

 

 

 

Y, así empieza mi reto. Curioso que siempre suelo empezar casi todo los martes (nací un martes, igual es que mi ciclo vital empieza este día).

 

 

 

 

Explorar el inframundo

Hoy es mi penúltimo día en Berlín. Ayer mis hormonas me dieron tregua y toda la tensión emocional se levantó de mí y el sol empezó a brillar. De repente los pajarillos cantaban y la naturaleza seguía su perfecto baile y yo lo observaba maravillada.

La naturaleza tiene el poder milagroso de calmarme inmediatamente. Cuando el mundo me abruma por su imperfección, no puedo dejar de maravillarme por la perfección intrínseca que exhibe majestuosa la naturaleza. Y lo hace sin esfuerzo, fluyendo. Aún me pregunto cuál es la razón por la que se haya seleccionado el ser conscientes de nosotros mismos. ¿Es acaso la inteligencia incompatible con la autoconsciencia? Todo tiene un precio, vale, pero me parece excesivo, sobre todo cuando sólo tienes exacerbada una parte.

Ayer tuve la inmensa suerte de nadar en uno de las decenas de lagos que rodean Berlín. Rodeada de agua, y árboles. Y algún que otro pato. Fui con mi antiguo grupo de natación aquí. Katja, que es mi angelito alemán (ella ni lo sabe) calma mis ganas asesinas hacia los alemanes. A mí nadar en aguas abiertas me da miedo, pero el placer casi místico que te proporciona estar viendo de tú a tú la naturaleza es indescripitble. Adoro nadar al aire libre. Aunque sea en piscina. Los reflejos del sol atravesando el agua, haciendo sombras de luz, viendo los fotones impactar el agua y multiplicarse como en un caleidoscopio es algo que me fascina. Y simplemente, por mucho que pasen los años, nunca tengo suficiente. Creo que empecé a nadar cuando mi “tiempo” de pasarme las horas muertas siendo pescaíto de niña se acabó. Con mi edad, alguien que se pasa buceando por la piscina, donde aparentemente no hay nada sería visto de raro. Muy raro. Así que, empecé a nadar. 1 km al principio, 3 km más adelante y luego 5 y hasta 9 en un día. En verano todos los días. No me cansa. Me carga la batería. La hora que más me gusta es la hora mágica en la que el sol se pone. Los rayos de sol se van haciendo más y más paralelos a la superficie del agua. El agua refulge como un espejo y parece que todo se para por unos instantes, como aguardando con la misma expectación que muchos esperamos a que un avión toque suelo al aterrizar. Unos segundos de guardar la respiración.

Ayer hice las paces con el mundo hasta la próxima vez. En aproximadamente 20 días.

Ayer, al regresar, tras la sesión de natación y sentirme los músculos de la espalda relajados, después de sesión de grill junto al fuego donde a veces o me enteraba ni jota de lo que decían y otras prefería no enterarme, me fui a casa con la bici. Una hora de trayecto. De noche. Por todos los barrios de marcha hipster de Berlín. Me di cuenta de algo. Son todos niños. Adolescentes.

¡Claro! Por eso aborrezco Berlín. No me apetece estar rodeada de adolescentes. Ya pasé por eso y lo odié a muerte mientras duró. No tengo ninguna intención de hacer un revival de gente haciéndose los guays. Con sus bicis fixies, con sus pelados modernitos, con su ropa ídem. Con su pseudo rebeldía y pensar fuera de la caja (toma anglicismo cutre), con sus tatuajes para demostrarle al mundo todo eso. Guauuuu, anonadada me dejáis chicos. Pero impresionada, lo que se dice impresionada, sólo me impresiona que no veáis lo ridículos que se os ve mostrando un envoltorio que no tiene lo que se promete en el interior. Ser rebelde, niñitos de mi corazón, no es una colección de verano del Berska, es una actitud. Es una forma de ser. Pero yo sé que en realidad eso no os importa. Os importa lo tan cool que se os vea y poner cara de ascazo máximo o de superioridad si oís a alguien que muere de gusto bailando el Waka-Waka de Shakira.

Soy una de esas personas. Sí, puedo dejar de darle a la cocorota y ponerme a bailar en un segundo. Los 90 y sus éxitos del verano son mi salvación. Es un kit-kat a mi intensidad diaria. Es mi momento mainstream y qué queréis que os diga. Me encanta. Porque, por si no lo sabéis, el mainstream es el bálsamo para el alma y eso lo sabéis de forma inconsciente porque no vais fuera del mainstream mentalmente hablando. Hacéis bien. Se vive mejor así.

A mí también me gustaría ser mainstream mental y hipster de apariencia. Pero, cosas de la vida, soy un desastre y tengo minimalismo a la hora de prestar atención a cosas externas a mí. De vez en cuando me empeño, pero oye, es que cansa un huevo.

Pero, pensando mientras me hacía una comida rica experimental rollo “no voy a tirar comida y me voy mañana, qué puedo hacer con todos los ingredientes que tengo? To a la saca”, me he dicho, chica, intentas encajar en un agujero redondo cuando eres cuadrada. No puedes, simplemente no puedes.

Mírate, tienes cierta fascinación por las asimetrías. Cuántas camisetas asimétricas no te habrás comprado en el pasado. Todos somos asimétricos. Claros y oscuros. Fuertes y vulnerables.

Qué ganas tengo de raparme la mitad de la cabeza y teñírmela qué se yo, de morado, mi color favorito y ponerme un pendiente destroyer. Y dejar la otra mitad con mi melena brunette, igual con reflejos y con un pendiente así muy flamenco, muy andaluz. Muy femenino. Me chifla. Lo quiero. Lo quiero ya. Berlín es el único sitio que conozco en el que el trabajo y mi aspecto no sería un handicap. A estos locos hipsters les volvería locos. Incluso en bancos he visto a tatuados. Aquí tengo el sitio perfecto para mostrar mi rarunez y que no llame nada la atención. Llamar la atención es súper molesto. Lo he evitado toda mi vida como la peste. Ahí sí que he estado viva. Intelegencia innata. Puro instinto.

Quiero viajar al inframundo y encontrarme con los out-casts de esta sociedad. Con los repudiados, con los vejados, con los violentados, con los que no son entendidos. Quiero ir a casa. Donde pertenezco. No quiero intentar encajar más en un mundo que no me entiende. Quiero ir a donde pertenezco.

No estoy sola. Eso lo sé. Escuchando a Amy Winehouse, a Smashing Pumpkins y a un sinfín de artistas, sé que no estoy sola. Pero también sé que es adentrarse en un mundo de zombies. Zombies porque nadie los entiende. Y entiendo su frustración tan, tan bien. Es tan fácil. ¿No os dáis cuenta? ¿Cómo carajo no os dáis cuenta? ¿No tenéis ojos?

Sabéis, hay personas que somos intensas. Muy intensas. He visto algunos elementos comunes en todas ellas y que hace que nos reconozcamos al segundo de vernos. Aunque no sea en persona. La mirada. Esa sed de vida. Esa sed de conexión. Somos niños mayores. Cuando eramos niños eramos la delicia de los mayores, porque cumplíamos las expectativas a la perfección. Eramos cariñosos, graciosos y os recordábamos que la vida es fantástica. Es pura magia. Raw energy.

Luego nos hacemos mayores y ahí empiezan los problemas. Ya no resultamos tan graciosos, tan monos. Nosotros seguimos siendo iguales, pero ahora resultamos molestos. Hazte cargo de tu vida, madura, bla, bla, bla. No entendéis nada y es sorprendiente porque es bien fácil. La inautenticidad nos enferma. Nos mata. No nos cuidáis. Es bien fácil. No hacen falta teorías complicadas, ni expertos en nada. Todos lo llevamos de serie, así que no me vengas con que no sabes de qué te hablo. No hay que ser inteligente, no hay que hacer nada. Liebe. Love. Sí, suena cursi, pero qué es la Vida sino. La vida es energía fluyendo de forma desinteresada. Sin razones. Fluye porque sí. Porque no puede hacer otra cosa. No hay energía más potente que esa. Así que, no te confundas. No necesitamos fruslerías, no necesitamos que nos entiendas. Simplemente ansiamos poder ser. Tan simple. Tan complicado. Un abrazo sin razones. ¿Por qué hay que tener una razón para eso?

Y por eso hoy me dirijo a vosotros. No podemos madurar, porque nacimos maduros. No es falta de madurez lo que tenemos. Es una sensibilidad exacerbada. Somos esponjas. La alegría y la pena pasan sin filtros a través de cada una de nuestras células con un impulso eléctrico. Nos atraviesa. No sabéis lo que es porque no tenéis el hardware. El vuestro también mola, sólo que no sirve para lo mismo que para el nuestro. Así que no nos pidas que hagamos lo que vosotros. No podemos. No es una falta de voluntad. Creéme, muchos de nosotros, intentando cumplir vuestras expectativas para haceros la vida menos turbadora por no poder entender, hemos perdido la salud. Algunos hasta la vida. Qué desperdicio, amigos. Porque no sabéis que nosotros, somos vuestros salvadores. Tenemos la capacidad de salvar vuestra alma cuando os sentís sin salida. Cuando la vida os embiste sin piedad. Ahí estamos nosotros para recordarte que la vida es un milagro y que haremos todo lo posible para que seas capaz de verlo y sonrías de nuevo.

Es nuestro don. Y nuestra maldición. Tenemos la capacidad de emocionaros, de animaros, de haceros la vida un pelín mejor. De entender vuestros sentimientos, de haceros sentir menos solos cuando sientes que nadie te entiende. De haceros replantear las cosas que no han cruzado antes tu mente. Cuánto vale un don así. Depende de lo que para ti sea importante. Si las cosas te van bien, igual no le das mucho valor. Quizás nada. Ahora, si en algún momento lo necesitas igual para entonces es demasiado tarde, porque no fuiste capaz de pagar el precio más que asequible en su momento. Te entendemos, pero tú no nos entiendes. Y está bien, está bien, en serio.

Pero como todo en la Vida, todo necesita de ciertas condiciones para florecer. El mundo vegetal tiene ejemplos alucinantes en este aspecto. Plantas que florecen una vez en su vida tras años y años,  otras que sólo lo hacen de noche. ¿Es qué acaso no vamos a aprender del mundo al que pertenecemos?

Y tanta divagación espontánea, para decir que creo que ya sé lo que me ha estado intentando decir esta perra ciudad. Chica, dónde sino, dónde sino. Explora. Es seguro aquí. Lo sabes. Entre una película zombie, el tullido no llama la atención. Aprovechate que no hay muchas oportunidades así.

Y hasta que ese momento llegue, si llega, mi protocolo de minimalismo extremo tiene que ser lo suficientemente evolucionado y efectivo para proprocionarme la calma sensorial que tan bien me hace. Mi refugio espiritual. Mi cueva en medio del bullicio. Se aceptan sugerencias y personas sugerentes.

Gracias.

Y ahora, con o sin vuestro permiso me voy a cabalgar las calles y parques de Berlín en mi Rocinante de dos ruedas. A tomarme un Latte Machiatto que no me dejará dormir hasta exactamente las 04:30 de la mañana (porque es de día), pero que en el que disfrutaré como un cochino jabalí de la perfección hecha espuma de leche que prepara el chico de la cara triste de mi biblioteca preferida. Actuaré por última vez en esta etapa como Guardiana de Almas y Talentos, como espía del Amor. Y cuando me haya despedido de una parte de la ciudad a la que mañana no volveré, entonces, y si el tiempo acompaña, me iré a ver al documental de una compañera de fatigas. Amy. I get you. You are not alone. You just had very bad luck and awful guides, whose greed and ego were higher than your well-being. Sad. You did it so well. The world just didn’t live up to you. They couldn’t either. You deserved so much better.

Berlín y sus fantasmas- Día 1

  Es una pena que no haya tenido energía hasta ahora para escribir porque la verdad, los 4 días que llevo en Berlín han dado mucho de sí y creo que ahora, con mi adormecido cerebro, no voy a ser capaz de sacarle tanto jugo.

El vuelo

El lunes estaba yo preparada para coger el avión que haría parte de la ruta del avión siniestrado no hace mucho. Volar no me gusta, soy un ser primario y no creo que a ningún animal le parezca relajante ponerse dentro de un tubo metálico a miles de metros del suelo.

Observaba a la gente en la cola antes de subir al avión. Vi representados a casi toda la fauna de Berlín, los hipsters modernos con estilismos imposibles, todo para diferenciarse del resto y resultando ser todos clones, los canis con peor alemán que el mío, y una mezcla de Ossies (del Este, con connotación negativa) y gente medio normal. Te reconozco a un Ossie a la legua. La verdad es que ya tengo curiosidad por saber dónde consiguen esos cortes de pelo y ropa. Su actitud ante la vida, creo que sé de dónde les viene.

Los miraba a todos ellos y pensaba, fíjate, qué poquita cosa somos los humanos. En comparación con un elefante, con una ballena, con un dinosaurio, somos apenas unas cuántas células juntas. Con esa cosa encima, que nos hace los seres con mayor capacidad de aprendizaje de la historia. El cerebro. Ese gran desconocido. Esa cosa pequeña, que puede ser afectada por cosas tan sencillas como los niveles de cortisol, las horas de luz, la cantidad y calidad del sueño, la comida que nos metemos entre pecho y espalda. Me pregunto cuántos de estos cerebros que esperan a ser llevados a Berlín, estarán sanos. Cuántos tendrán problemas, estarán atascados y quizás a punto del toque de gracia final que les lleve al desastre.

El vuelo fue bien. No se movió lo más mínimo. Suerte, porque no sé yo si mi cuerpo hubiera aguantado una situación de “lucha y huída” cuando llevo tantos meses regulando esa respuesta para que no salte a la mínima. Pensé que de algo hay que morir, y que si es ahí arriba, en fin, no es mi top 5 de muertes favoritas, pero al fin y al cabo, tampoco lo podía elegir en ese momento y me quedaba confiar en las capacidades de los que estaban al mando, así como de ingenieros (menos los de Berlín) y en las leyes de la física que pareciera que estaban desafiando.

La llegada

Berlín me dio la bienvenida como sabe que me gusta. Con rayos, truenos y centellas. Pasé de Berlín. Tú no me gustas, yo no te gusto a ti, vamos a mantenernos alejados y a ignorarnos mutuamente. Empecé a ver cambios en la ciudad. Un Mc Donalds en la estación de Ostkreuz. Coño. Los comunistas hubieran estado saltando de alegría. Me imagino al ejército haciendo gala de poderío, marchando por la Karl-Max Allee, todo serios y de repente, ostias, un McDo, ¿nos hacemos una McCheese? Y todos ahí como locos corriendo y yendo a pedir su McCheese de 1 €.

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Karl-Marx Allee: lo que la gente ve

Odio la Karl-Max Allee, sobre todo yendo en bici, y odio la estética comunista. Al arquitecto habría que haberlo matado a pellizcos. Como persona romántica e idealista sin remedio, me gusta mucho la ideología comunista, no en vano es ideología para las personas, la ideología de la abundancia y eso está bien, sólo que es tan utópica que los simples mortales, llenos de prejuicios somos incapaces de llevar a cabo. Además, es que el mundo a menudo no suele ser ideal. El que todo mandatario comunista haya sido un hijoputa y que haya obligado a la gente a creer en su versión de la Biblia, digo del comunismo, es razón más que suficiente para odiarlos a todos. El gran problema del mundo, la falta de comprensión lectora. Con lo opuesto no me voy a poner ahora, que sólo tengo un blog. 😛

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Karl-Marx Allee, lo que yo veo.

Otra de las sorpresas que me esperaba es ver el comercio en el que estuve trabajando vacío, decrépito y con tan sólo la pizarra con el menú bajo la ventana. Fue de lo primero que vi, y aunque ya sabía que iba a estar así, me dió mucha pena. Posiblemente, la entrada del “Mindestenslohn” o salario mínimo a principios de año, fue lo que desencadenó el cierre. Me sorprendió saber, en su día, que el dueño, a pesar de trabajar 10 horas diarias, ¡Cada día! (y cansa un huevo, yo con la mitad de horas, 3-4 días a la semana acababa muerta), necesitaba ayuda del gobierno para salir adelante. Otra opción hubiera sido trabajar 13 horas diarias y ahorrarse a los trabajadores en semi-negro. Un salario mínimo es una buena cosa, desde luego, pero, ¿a quién beneficia realmente? No a los pequeños comerciantes, está claro.

Fui a recoger mi bici prestada, que me esperaba en la calle y delante de la casa acordada. Me molan mucho todas las iniciativas que promuevan el compartir recursos. En este caso, en Berlín, cuando yo llegué en Julio de 2012, había un jipi irlandés, farmacéutico si no recuerdo mal, que puso en marcha esta iniciativa. Empezó poniendo él unas pocas bicis a disposición de quien las quisiera, y tú simplemente tenías que ver disponibilidad en un calendario, pedir qué bici querías y cuándo, y él te la dejaba atada fuera del sitio acordado. El candado se abre con un código, que él te daba. Al chico lo vi un par de veces más en alguna quedada de Couchsurfing, pero básicamente no supe más de él. Y me alegró ver que su proyecto iba creciendo y que más jipis se están uniendo a él.

Así que, no hacía ni una hora que había bajado del avión, y ya me podía mover por la ciudad en mi medio favorito: la bici!

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Mujer yendo en bici a lo largo del Muro de Berlín. Fotografía: John Macdougall/AFP/Getty Images

Fui directamente a la biblioteca a trabajar. Sí, exacto.

  Es mi biblioteca favorita, de las que conozco en Berlín y me costó mucho encontrar ese sitio de paz espiritual que tanto bien me hace. Es la más sencilla arquitectónicamente hablando, nada pretenciosa, pero sin duda la más cómoda y funcional. Luego están las bibliotecas búnker o las bibliotecas universitarias, donde lo único que te falta es pasar por un detector de metales y donde hay que dejar todas tus mochilas y avíos en una taquilla. Sí o sí. Y claro, vaciar una mochila hasta los topes y llevar todo eso con las manos, muy fácil no es. Me repatea cuando hay normas absurdas y que lo único que hacen es complicarte la vida. En eso los alemanes son los reyes indiscutibles.

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                       Stadtbibliothek: En Breite Str. Cerca de Alexanderplatz y de la Catedral.

 

Las primeras emociones

Estuve trabajando ahí, hasta que llegó la hora de dirigirme a mi nueva y provisional morada, en una ciudad nueva para mí (sólo había estado de visita): Berlín Oeste.

Pero antes, cuando salía de la biblioteca, me decía que qué perra es la vida, yo a apenas a 200 metros de la casa del que fue sin lugar a dudas mi mejor amigo en Berlín. La primera persona que no se aburre mortalmente con mis idas de olla, con mis ganas de divagar acerca de varios temas y que además, por algún defecto incomprensible, me da cancha. Con pocas personas me ha pasado el poder hablar horas, horas y horas, paseando muertos de frío en la calle y no notarlo. Que las horas pasen apenas como segundos. La verdad, esto ha sido algo nuevo para mí. Si acaso lo he vivido en ráfagas fugaces, pero no como algo mantenido en el tiempo.

La verdad, es que yo de Amor sé bastante poco, y cada vez menos, y puesto que no sentía esas mariposillas en el estómago y tan sólo un profundo aprecio hacia esa persona, y un tranquilizente y sosegado bienestar, no sé si lo que sentí con él fue Amor o Amistad. Debía ser lo segundo, porque de lo contrario, no me entra en la cabeza que dos personas que se lo pasan bien, que hacen el mismo tipo de cosas (casi) no puedan tener una relación de pareja por cosas tan banales como una diferencia de edad y unos estándares estéticos que no son los soñados. Esto me ha tenido pensando varios meses, incluso en sueños, y todavía no he llegado a una conclusión.

Si el Amor no consiste en roles de poder, en pasarlo mal, en dependencias emocionales, en chutes de neuroquímicos en el cerebro que te desestabilizan el raciocinio y te convierten en un estúpido temporal, pero el estar a gusto con una persona, tener las mismas metas vitales, pero no sentir ese desequilibrio mental, tampoco lo es, entonces, me rindo. No sé lo que se supone que se necesita para tener una relación de pareja saludable, libre y duradera.

Espero que ello no pase por dejar de ser quién soy, por dejar de ser incómoda, ese grano en el culo en los esquemas mentales de mucha gente, o por tener que convertirme en una mujer solícita, mansa y que no te hace pensar o que no desafía tus certezas absolutas. No, eso no lo quieres ni tú, ni yo, y  aunque te joda, porque eso implica complicarte un poco más la vida, como si ésta fuera fácil, bien que lo sabes. Yo lo sé, y tú lo sabes. Pero bien, imagino que los hombres estáis programados para ir a por la más tiernecita y jugosa y que ya tenéis a los hombres, que son los que razonan de forma cartesiana y dejando eso tan incómodo (emociones creo le llaman) de lado. No en vano, ninguno de tus musos intelectuales han dejado en buen lugar a las mujeres. Simplemente aparecen como un decorado que pasaba por ahí.

A ver, aunque lo parezca, y quizás lo sea, no es un reproche. Yo tampoco he tenido nunca claro mis sentimientos hacia ti. Como tú comprenderás una persona que ni siquiera sabe cuándo necesita descansar o tomar agua, mucho menos podrá saber este tipo de cosas. Una persona que se ha pasado media vida de espaldas a sus necesidades y a sus emociones, mimetizándose con lo que era lo más aceptado en un momento dado, difícilmente tendrá las agallas de decir: pues sí, oye, me encantas, yo te encanto, los dos lo sabemos, pero los dos somos unos putos cobardes. Así que bueno, por lo que a mí respecta, todo está en proceso de ser olvidado. Comprendo que tus actos han sido reflejo de tu cerebro masculino, y los míos de mi cerebro femenino puestos bajo la presión de un “total war”. Y que sin tener un diccionario, en ocasiones ha sido difícil, a pesar de la maña que tenemos los dos para los idiomas. En cualquier caso, te doy las gracias porque gracias a ti, ¡quién me lo hubiera dicho!, me di cuenta de que soy más sensible de lo que siempre me han dicho que está bien ser, y que es gracias a tu sensibilidad innata y a tu gracia llevándola lo que me ha abierto los ojos. Si tú siendo hombre no te avergüenzas, no veo que yo tenga que hacerlo. Gracias por eso.

El lunes, cuando salía de la biblio, me hubiera encantado que las circunstancias hubieran sido diferentes, me hubiera chiflado poder hablar contigo acerca de la situación en Grecia y en tantos otros sitios, de tu Mutti, y en general me hubiera gustado oir que estás bien, que tu Tesis la tienes casi empaquetada, o incluso ya entregada y que la vida en Berlín te sigue pareciendo tan interesante intelectualmente como siempre. Me hubiera chiflado hacerte la coña de que eres ruso y que si tú eres mediterráneo, entonces los alemanes que veranean en Mallorca también lo son. Me imagino tu cara y me parto sola. Me hubiera encantado ir a tomar un café y tumbarnos en Monbijou Park, mientras nos echamos unas miradas cómplices cada vez que vemos a un hipster dando la nota.

  Lo cierto es que esta ciudad me recuerda a ti. Quizás para ti no sea como para mí, no en vano, tú tienes tu trabajo, tu vida y tus amigos aquí, pero para mí, no hay casi ningún rincón de esta ciudad en las que no tenga recuerdos contigo. No he sido consciente de esto hasta estos últimos días. Hemos sido exploradores de esta ciudad, observadores de tendencia, filósofos y activistas de sillón y lo único que no hemos sido es ser sinceros el uno con el otro.

 

Espero que estés feliz, y que, como querías, hayas podido follar con tantas tías como tu cerebro de tío te pedía. Esto no te va a proporcionar lo que tú piensas que necesitas. Tú aún no lo sabes de forma consciente, pero tienes que experimentarlo primero para darte cuenta. O quizás sí, quién sabe. El caso es que hay una parte primaria ahí y sin duda hay que hacerle caso. Entiendo que necesites hacerlo y espero que te lo pases tan bien como pinta. Por mi parte, bueno, me jode, no te voy a decir que no, aún me acuerdo de ese sueño en que te vía follando con una tía en un parque de Berlín con ella sentada i a horcajadas sobre ti. Mecagontó, que mal lo he pasado. Por otro lado, mirando el lado práctico, eso me da a mí libertad absoluta de ir picoteando de flor en flor, a mí manera, de forma totalmente platónica, sin sentirme culpable por no pensar en ti. Lo cual me hace pensar, que quién dijo que la monogamia-poligamia es cuestión de sexo (la ciencia además, me da la razón. I fucking love science btw, aunque ya sé que tú no acabas de creer mucho en las pulsiones naturales).

 

Mi nueva realidad

Con estas reflexiones, me despedí de mis fantasmas del este, que salían por cada esquina y me dirijí al Oeste, ese gran desconocido. Otra ciudad, otra realidad, otro mundo. Y de repente, sentí la ligereza de estar en un sitio que me gusta, que se alinea con mis valores y en el que no tengo que estar continuamente tensa.

Amigos, parece que he encontrado mi barrio en Berlín y no es casuaidad que “Bonito” forme parte de su nombre.

Continuará….

Nein, nein, nein! : cómo decir que no

Nein, aunque no lo parezca, hoy no os voy a hablar del dictador de la foto (no es por falta de ganas, conste).

Sino que voy a hablar de los pequeños dictadores que llevamos dentro, o los gran hijoputas, según el caso. Y de aprender a decir NEIN. Lo llaman establecer límites.

Veréis, llevo desde Enero haciendo experimentos varios y no sólo en el laboratorio. Mi laboratorio se ha extendido a mi casa, a mi vida diaria. Y me he dado cuenta, no sólo de que dentro de mí habita un dictador muy hijoputa, sino que además no tengo ovarios de pararlo.

Hasta esta semana. Sí, a ver, llevo semanas intentándolo. Pero ya lo dicen, que cuando uno cambia, el entorno se resiste. Pues mi pequeño dictadorcillo se ha retorcido cosa mala. No es el único. Hay gente de mi familia que está un poco desubicada conmigo. Hay otra gente que me conoce menos que directamente no sé ni lo que piensan pero mi intuición me dice que algo no muy bueno.

El caso, como digo, es que llevo varias semanas experimentando con el nivel de carga de trabajo. En Enero empecé bien. No tenía básicamente nada que hacer salvo recuperarme físícamente (otro día os cuento más) y me salieron clases particulares. 6 horas a la semana, más la correspondiente preparación, corrección y tal. Una mindundia para lo que yo hacía antes, pero aún así, se desestabilizaba mi débil equilibrio zen. Estaba hecha unos zorros.

A finales de Febrero, además, empecé a ir al laboratorio, por amor al arte, como hay que hacer las cosas y más si son de ciencia, que ya sabemos que el aire alimenta un montón y no tiene tóxicos. Tres veces por semana. Ahí el equilibrio que gané se fue a la puta mierda y eso que seguía siendo ni un 50% de lo que hacía antes. Puto cuerpo. Puto estrés. Puto dictador. Además, también empecé a investigar y escribir un proyecto de investigación que me traigo entre manos, a planificar y coordinar a la gente con la que quiero quedar en verano en Alemania, más clases, etc. Sigue siendo quizás el 60% de lo que hacía antes, pero aún así, no había semana que hiciera el 50% de lo que me había propuesto y que no me sintiera destruida y con unos pensamientos y actitud no muy pizpireta (pero como ahora todo es bueno, me he hecho un croquis de mis reacciones que ni Freud en sus mejores tiempos).

Y eso que cada cierto tiempo y tras “fundimientos” (yo los llamo momentos overwhelm o punto de saturación máximo) varios, iba bajando el ritmo y haciendo poda. Menos, menos, menos, coño, he dicho que menos! Es difícil hacer poda cuando todo es importante, cuando hay fechas de entrega y cuando no tienes un medio que garantice tu supervivencia a largo plazo (a corto y medio, gracias a Dios tengo ahorros, gracias yogures de marca blanca, con mi beca de Tesis no sólo me alimentastéis sino que pude ahorrar a cascoporro y esto me está salvando literalmente la poca salud física y mental que me queda). Pero si no lo haces tú, sino te enfrentas a tu dictador y le dejas las cosas claras, con toda la diplomacia de la que puedas hacer gala, vendrá el cuerpo, en plan rabieta de niño caprichoso y la va a liar parda. No está nada bien jugársela con el dictador, que te ve en horas bajas, cuando tenías toda tu estrategia montada, y te reconquista el terreno duramente ganado en un santiamén. Yo odio la estrategia, así que supondréis los ratos tan divertidos que estoy echando.

Total, que esta semana, concretamente hoy jueves 28 de Mayo, me congratula notificar que he completado el 90% de lo que me propuse para esta semana. Incluso he hecho cosas de la próxima semana. Y ayer, tuve un momento fundición que me duró todo el día en el que no pude hacer nada y me dediqué a temas de contemplación y alimentación del alma. Lo que viene siendo un rascarse a dos manos clásico. Y no me sentí culpable. ¿Lo necesito de verdad? Pues ea, lo siento dictador, HOY NO CURRO. No dejé ni que abriera la boca. Chitón. A mi hermano, que ayer pasaba por aquí, no se lo pude impedir, lo de cerrar la boca, digo y me echó la bronca por floja. Ironías de la vida, hace unos años me la echaba por masoca. Ahora soy yo la floja y él el masoca.

Y que durante todas estas semanas de observación, experimentación y análisis he aprendido básicamente un par de cosas:

1. Descansar es parte del trabajo. Un día de descanso es un día y pico de rendimiento a tope. O más. Clara ventaja. Voy a hacer más de esto, además es que mola y todo.

2. Todos llevamos dentro un dictador que nos dice lo que tenemos que hacer con autoridad militar. De dónde sale el dictador es algo que otro día hablaré, pero vaya, que básicamente lo dejamos entrar nosotros. Haz esto, lo otro, no, no es hora de dormir, hay que terminar esto, Scheisse, he dicho que no!! Nein, nein, neeeeein!!!! Los psicólogos y demás ponen mucho énfasis en ponerle límites a la gente que te rodea, pero ¿Por qué no empezamos con nosotros mismos? Tenemos material de sobra para practicar. Si lo logramos con nosotros mismos, lo demás será pan comido. No hay dictador tan fiel a jodernos la vida como el que llevamos dentro. Total, a los otros no los tienes que ver todos los días, pero convives con tu dictador, así que más vale que le pongas firme. Di no y no aceptes otra respuesta. Fin de la discusión.

3. Pensamiento friki de rigor: pensaba yo, anda qué curioso, igual que nosotros la mayoría de las veces seguimos a pies juntillas, sin siquiera plantearnos que lo que dije la voz hijaputa es bueno o no para nosotros, etc, este comportamiento es sospechosamente parecido al que explica situaciones como las que ocurrieron en la Alemania nazi. ¿Os creeis que los alemanes no veían lo que hacían con sus vecinos y que de repente se volvieron tontos del haba? Mmmmm, aunque está mal generalizar yo me inclino a por el no.

Entre otras muchas cosas (que igual un día me da por escribir más sobre el tema, una de mis frikipasiones), el problema principal fue no cuestionar esa voz que venía de un superior, de alguien a los que ellos respetaban y por tanto creían. Los alemanes son muy obedientes. Lástima que no siempre obedecen al que tiene buenas intenciones. Pero claro, es más fácil hacer eso, porque la otra opción, pensar por uno mismo, cuesta energía. Y en esos tiempos, igual te costaba la vida. Como todo en este mundo tiende al mínimo estado de energía posible, lo fácil era desechar la vocecilla de la conciencia, que sólo trae quebraderos de cabeza, y seguir la corriente. Hacer caso al dictador. Y si luego el dictador te la lía parda decir todo indignado: Será joputa el dictador, ay que ver cómo nos ha engañado, con lo buena persona que soy yo. Si hasta hago pasteles para los niños huérfanos.

Siempre pensamos, qué hijoputas los alemanes, pero realmente, ¿no pecamos acaso la inmensa mayoría de los humanos de lo mismo? ¿Cuántos son los que tienen los cojones de ir contracorriente y decir, lo siento pero no? De tomar las riendas de nuestra vida, de cuestionar lo que oímos, lo que pensamos. De cuestionarlo TODO . Claro, es más fácil seguir lo que otros te dicen y luego sacar balones fuera si la cosa no sale bien. De los alemanes ahora decimos que qué hijoputas y que qué cobardes. Pero ¿y nosotros? Ni siquiera somos capaces de cuestionar a nuestro dictador interno y de enfangarnos y pensar, cuando eso reportaría un beneficio más que probable para nuestra vida. Si no lo hacemos cuando los beneficios son tan evidentes y los costes realmente tan bajos (total, si te va mal, siempre puedes seguir de nuevo a las normas del dictador), cómo vamos a condenar la actitud de los alemanes en esas circunstancias. ¡Si lo hacemos nosotros todos los días!

Y amigos, con esta chochez de persona cansada, me despido y me voy a dormir. Pensaré en todo lo que puedo hacer con tres días, sin tener que hacer nada, porque todo está hecho ya (el 90% es suficiente para mí, el resto, la perfección, se lo dejo a Dios). Igual me aburro. Igual no sé qué hacer. No estoy acostumbrada a no decir “no tengo tiempo”, “tengo que”, “imposible, debería”. Un nuevo reto, una subida al siguiente campamento base de éste, mi Everest.

 Y tú, ¿Cuál es tu dictador particular? ¿Qué te cuenta? ¿Cómo lo mantienes a raya?

Y por último: Coño, sé valiente, si total, todos estamos cagados de miedo por dentro, incluso el de la foto (que las apariencias no os engañen, los que más ladran son los más cagados). Si no piensas por ti mismo, te la van a meter doblada. Palabrita de niño Jesús. Y como seas tú mismo quien se la mete doblada, pues oye, qué quieres, es una forma muy triste de endiñarla. Imagina tu tumba: Murió porque él mismo se mató. Triste, amigo, triste.

Reaprendiendo a jugar: Mi historia II

Es evidente que lo que contaba en la entrada anterior no es causa única para que uno llegue a un punto de insatisfacción vital en el que incluso la salud se ve afectada. Hacen falta varios factores: características personales, circunstancias, decisiones, etc.

Si bien es cierto que cuanto más sepas las causas que te han llevado al punto en el que estás, mejor vas a entender lo que tienes que hacer para salir e irás más a tiro hecho. Pero tener todo atado y reatado no es condición indispensable para empezar a hacer algo. De hecho si esperas a que se den las condiciones ideales, no vas a empezar nunca.

Mi experiencia hasta ahora es que cuando empiezas a moverte, te llega nueva información que completa lo que ya sabes y eso te lleva a tomar nuevas decisiones acertadas. O al menos a saber por dónde no. Esto es un gran experimento y tienes que estar dispuesto a cagarla.  Además, si la situación en la que te encuentras es un círculo, poco importa por dónde lo rompas. Mientras sientas sincero contigo mismo, todo ayuda.

Entonces, si conocer todas las causas no es condición indispensable, ¿Qué lo es? Bajo mi humilde punto de vista, es ser consciente de todo aquello en nuestra vida que nos provoca rechazo y/o malestar y que sabes que no es como debiera ser. Mirarlo cara a cara puede ser bastante desagradable, más que nada porque nos pone al descubierto una realidad incómoda: que seguramente somos los mayores responsables de nuestra desgracia. Bien por omisión o por hacer lo que no debimos.

La buena noticia es que si somos responsables de nuestras desgracias, también lo somos de poder cambiar eso. Y es que cuando hablo de cambiar, no digo cambiar lo que somos, sino de aceptar lo que somos y cambiar lo que está en nuestras manos cambiar.  Y ahí no hablo de otras cosas sobre las que realmente no tenemos control. Hay mucha gente que se escuda en crisis y en excusas miles para no mover un dedo, cuando realmente antes de verse afectados por estas causas externas, tienen una buena fuente de causas internas que les provocan zancadillas en su propia vida. Y que para echarse a andar tan sólo hay que dar pasos, aunque sean pequeños.

Y como lo único que podemos controlar es aquello sobre lo que tenemos poder y eso es nuestra salud (tanto mental, como física, que por otro lado no van separadas), es nuestra responsabilidad procurarnos ese bienestar. Primero va lo primero, y luego habiendo hecho los deberes, ya llegará el momento de enfrentarse a otras cosas.

 Cuando uno se encuentra en una madeja de difícil solución y ni siquiera sabe cómo ha llegado aquí o cómo va a salir, viene bien alejarse un poco del problema y tomar perspectiva. Eso en parte es lo que estoy haciendo.

Para ello me hice mi propio croquis para que mi monillo no tuviera que pensar mucho. La podéis ver aquí.

En dicho esquema hago una separación de diferentes factores que afectan de forma directa nuestra salud y analicé en qué punto estaba yo.

A saber:

Seguir leyendo Reaprendiendo a jugar: Mi historia II

Reaprendiendo a jugar: Mi historia I

Vayamos a por la segunda intentona…

Como decía en esta entrada, hace aproximadamente un millón de años, estaba pendiente una entrada donde dijera qué estoy haciendo yo o cómo estoy hincándole al diente a esto de cambiar, que así dicho da un poco de grima.  En su día tenía incluso la estructura de la entrada, así cuadrícualicadita ella, como mi yo más científica. Pero como soy así, he decidido tirar por otro lado y dejar que mi monillo, aka cerebro, se explaye en la dirección que crea más oportuna. Corre, monillo, corre.

Decía yo que estoy plenamente convencida de que cambiar es posible. Si no estáis convencidos, dadme un toque y os inundo con ejemplos a lo largo de la historia de la vida, con sus correspondientes artículos. Si no fuera posible cambiar, ahora todos nostoros seríamos cianobacterias y vivivíramos flotando en los mares y tomando el sol. No es mal plan. Bueno, al menos en teoría (ya escribí sobre esto, en uno de mis entradas frikis, pero tranquilos, ya no hago eso, me estoy reformando. Ejem).

   Si lees esto y te suena a chino lo que te digo, igual esto no es para ti. Mejor para ti. Pero si por el contario sientes dentro de ti una cosa que no sabes bien qué es, te falta energía, sientes que todo el mundo sabe cuál es su cometido y tú no, te cuesta dormir, o tienes cambios bruscos de humor, insomnio, ansiedad, bajones perpetuos, entonces sabes que algo no va como debiera.

No eres feliz y ¡Lo sabes!
No eres feliz y ¡Lo sabes!

 Ayer, quitándole hierro al asunto hice un breve recorrido sobre ese momento en el que yo creo que se empezaron a torcer las cosas para mí. Supongo que si el post se perdió a pesar de haberlo guardado, es una señal de Murphy y que como señal debo interpretarla: no des la paliza y abrevia, joía.

Así que intentaré resumir en un párrafo lo que escribí en varios: el momento en el que se empezó a torcer mi vida de forma clara fue cuando empecé a creerme más lo que venía fuera de mí que lo que venía de mí.

Le di poder a los demás, ya sea por experiencia o por querer encajar, o vete a saber, y en mi afán de seguir el caminito establecido socialmente, me perdí. Seguí el caminito a la perfección, para darme cuenta en algún momento que todo eso que persigue la gente, igual a alguien le sirve, pero a mí, personalmente me parece una mierda muy gorda.

El mismo trabajo, pareja, hijos….uy, me está empezando a dar urticaria.

De repente uno se volvía adulto, responsable, maduro, tenía que espcializarse en algo, encontrar trabajo, pareja, formar una familia y repetir tu día miles de veces, hasta que la parca hiciera la labor humanitaria de librarte de tal horror. Planazo.

Aunque me mola mucho la idea de estabilidad que eso te da y que yo tanto necesito, me doy cuenta de que mi mente es una exploradora nata y que con tal perspectiva no me extraña que le entren los siete males. Cada uno es como es, e ir contranatura tiene pocas probabilidades de éxito.

Yo me he querido adherir a este plan porque creo que a raruna ya voy bien servida y soy raruna pero amorosa, y eso de sentirme arrojada al destierro social como que no se me antojaba divertido. El ego también me jugó una mala pasada: eres lista, los resultados lo demuestran, estatus, money, cresta de la ola, o al menos de la sabiduría universal. Y allí me metí yo de cabeza, porque pasaba por ahí, bendita ignorancia, en un círculo elitista del saber.

Y me di cuenta, amargamente, que no le llego ni a la suela de los zapatos a muchos de los que hay allí. Quizás me falte inteligencia, quizás me falte pasión, quizás tesón o qué sé yo. En una crisis de fe en lo que hacía y el por qué lo hacía, di muchos tumbos, y al final terminé, porque soy de las que lo que empiezo, lo acabo, pero vamos a puntito estuve de mandarlo todo al carajo.

Me alejé de ese mundo y exploré otros terrenos. Me fui a Berlín a conocer otras realidades. Me busqué la vida y cuando me hablaban de ciencia se me abrían las carnes. Quita, bicho. Pero la cabra tira al monte, y me he dado cuenta de que el científico ante todo es alguien que ama el conocimiento y el saber cómo funcionan las cosas. Y que desafía lo establecido. Ahí entré en conflicto con mis propios valores.

Así que regresé al sitio del que he renegado tantos años a encontrar el puntito justo que a mí me mola. Esto de la especialización no es para mí y yo soy más picaflor. Profundizar a saco, sí, pero estudiar toda mi vida la proteína XvkS como que no. De toda la vida de Dios me he puesto a hacer relaciones de lo más bizarras y me doy cuenta de que cuanto más sé, más relaciones chungas puedo hacer. Es un no parar de relacionar cosas. Orgasmos mentales y alegría para mi retorcida alma.

Así que sabiendo que la ciencia me mola, pero que el sistema me da urticaria, pues ahora me busco las habichuelas al margen de la ley. Mi misión ahora mismo es saciar mi curiosidad y no dejo que el dinero o la falta de él me frenen. Así que ahora trabajo por amor al arte en algo que me interesa mucho, con alguien que es un crack. Igual se me pega algo. Además, estoy creando un proyecto de investigación de cero para pedirlo con una empresa. Y me muevo en otros sentidos. De repente parece que haya sacado la caja de donetes porque me salen amigos por todas partes.

Sé que lo que yo quiero hacer no se estila, pero no puedo ni quiero evitarlo. O es eso o es despotricar ad infinitum. Y es cansino. Así que he decidido que si he podido lograr tanto sin estar convencida de lo que hacía, o así con la desapasionada disciplina militar de saber que se hace lo correcto, aunque no se sabe muy bien con qué fin, haciendo lo que me gusta voy a cambiar el mundo. O no. Porque ahora, que estoy empezando a disfrutar de verdad (la libertad, ah, la libertad), me doy cuenta de que el entusiasmo y mi curiosidad infinita están saliendo a flote cuando me estoy despegando de los resultados.

A un niño no puedes ahogarle la curiosidad exigiéndole resultados. A un niño tienes que dejarle que explore.

Si no esperas resultados, no eres esclavo de ellos. No tienes que proteger a tu ego de no ser suficiente bueno, de no estar a la altura, o lo que sea que pienses. Haz lo que elijas con toda tu alma, pero no esperes resultados. Los resultados es una consecuencia natural de  la práctica y si te mola lo que haces, la práctica viene sola. Pero la mayor satisfacción viene de saber que estás haciendo justo lo que tienes que estar haciendo en lugar de preguntarte qué coño haces aquí.

Y esta sensación es fantástica.

Pero igual, a no ser que no sea millonario, la comida cuesta dinero y todo eso. Y ya sabemos que los que pueden dedicarse a la contemplación tradicionalmente han sido de la clase burguesa. Yo no soy burguesa, o de hecho, quizás sí teniendo en cuenta el mundo en el que vivimos. El caso es que tengo suerte y tengo ahorros y tengo la gran capacidad de vivir con muy poquito, porque la inmensa mayoría de mis caprichos son gratis. ¡Ah! Y el volver al nido familiar tras una década independizada ayuda, claro. Aunque por otro lado el choque generacional y otras fricciones familiares le dan un poco de picante al asunto.

Igual la independencia económica y estabilidad en ese sentido es algo a lo que aspiro, y si puede ser antes, mejor que despés, porque el dinero compra tiempo y tiempo es lo que yo más ansío. Cuanto más tiempo, más le podré dedicar a todo eso que me interesa.

Así que al margen de intentar crearme la forma de hacer ciencia a mi manera, con mis limitaciones y con las limitaciones propias del sistema, como eso ya entra dentro de rollo bohemio y soy demasiado práctica para eso, pues lo suyo es conseguirme una fuente de ingresos al margen de esa actividad y que me dé la paz de espíritu y la capacidad de pagar facturas al margen de mi situación. Creo que lo llaman estabilidad. Y si puede ser delegando y automatizando, mejor, que no soy yo muy dada a trabajar porque sí. 🙂

De momento lo dejo aquí. Me ha salido un texto desapasionado y es que hoy siento un poco que me he dejado el corazón en la almohada, o quizás al vomitar mi alma ayer en la entrada perdida, aún no le ha dado tiempo de regenerarse. Os lo habéis perdido porque había detalles truculentos de esos de “oi, oi, oi, vaya con la Mari” a mi más puro estilo.

Y para terminar, decía yo en una entrada que cambiar, ¿para qué?  en mi caso concreto para vivir. Simple y llanamente. Podría haber sido roca, y sin embargo se me ha concedido ser persona durante un breve espacio de tiempo. Si no lo aprovecho, la cola es larga para entrar a esta atracción de feria que llamamos vida.

No quiero morir y darme cuenta de que no he seguido lo que la patatita me dictaba. Y si la cago, con gusto pagaré la factura. Y siempre podré volver a buscarme un minijob de 6 eur la hora.

Cambiar, ¿para qué?

El otro día planteaba la cuestión de si es posible cambiar, y espero que os haya convencido de que es así. No porque lo diga yo, porque lo diga Mario Puig o porque lo digan numerosos estudios de neurociencia. Simplemente es la realidad y ejemplos, a poco que miremos, los encontraremos. Vivimos en un mundo cambiante y la única forma de adaptarse es cambiando con él.

Yo creo que el quid de la cuestión en el maravilloso mundo del cambio no es tanto si se puede o no se puede cambiar, que poder, se puede, pero más bien la idoneidad de cambiar. Por ello creo que uno debería parar un tiempo y hacer balance. Qué funciona, qué no. Si lo hacen las empresas, por qué no hacerlo con nosotros mismos.

Change

En mi caso concreto, he seguido la siguiente aproximación:

1. Que hable la voz de la consciencia:¿Qué quieres cambiar? ¿Por qué quieres cambiar? ¿Qué vas a obtener? ¿Estás siendo realista?

Creo que la primera pregunta que hay que hacerse siempre antes de querer cambiar, así a lo loco, es por qué se quiere cambiar algo.

Por ejemplo, cuánta gente no se propone a principios de año dejar de fumar, hacer más deporte y comer mejor. ¿Cuántos lo logran? Pocos. Unos te empiezan a decir que es que están acostumbrados al cigarrillo de después de comer, que les calma, que piensan mejor, etc. No es falta de consciencia de los peligros que conlleva fumar, sino que ellos, internamente ya han valorado que fumar, a pesar de los peligros, les ofrece más que les quita.

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Olvídate de los propósitos de nuevo año y empieza YA             (Imagen encontrada aquí)

Igual con el deporte y comer mejor. Mucha gente lo hace por razones estéticas simplemente. Personalmente creo que es una razón muy pobre y que además va a chocar con una realidad incuestionable: por mucho que hagas deporte y comas bien, no te vas a convertir ni en Brad Pitt ni en Angelina Jolie.

Eso es así para la gran mayoría de los mortales. Si tienes razones tan superficiales, lo normal es que tras matarte y posiblemente a un ritmo que no te beneficia, al no ver resultados abandones y te des a los donetes de forma descontrolada.

Una vez descubierto qué quieres cambiar, y tus motivos habrá que hacer un balance primero y una hoja de ruta después.

  1. Mirar la realidad cara a cara: ¿Dónde estás ahora mismo?

Si quieres mejorar tu salud, es bueno preguntarse: ¿Qué síntomas tienes? ¿Están relacionados? Si es algo más emocional o existencial: ¿Estás contento con tus relaciones, con tu trabajo, con tu vida? ¿Qué cosas te gustan, cuáles no?

Realidad
Imagen encontrada aquí

  En definitiva: ¿Qué cosas haces ya bien, cuáles son mejorables? No todo lo estás haciendo mal, no partes de cero, así que en aquellas cosas que ya haces bien, date una palmadita en la espalda y congratúlate.

 Es bueno apuntarlo todo y ver patrones (yo me he basado en este esquema para ver qué cosas hago bien y cuáles no. Más sobre esto en la próxima entrada). Es soprendente comprobar que muchos síntomas están relacionados.

Creo que ayuda el ser consciente de que de seguir así, no solamente te vas a perder muchas cosas que son importantes para ti, sino que tu sufrimiento irá in-crescendo y cada vez te parecerá más difícil salir de la situación. Por otro lado piensa que es un experimiento. Si no te va bien, siempre puedes volver a tus costumbres o readaptar las nuevas para que se adapten a tu personalidad.

A mí me ha ayudado: pensar cómo soy cuando estoy bien, y cómo el mundo se me cae encima y cambia mi personalidad cuando estoy mal. Si lo escribes tiene más efecto porque lo ves más claro. En mi caso, soy dos personas totalmente diferentes.

Menudo panorama: un cuerpo y dos personas.
Menudo panorama: un cuerpo y dos personas

 

Si al hacer balance de tu situación actual, logras ver un patrón y una causa común, ya puedes dar saltos de alegría y hacer la danza de la victoria. Sino, no pasa nada, creo que hasta que se pueden unir los puntos, pasa un tiempo. Hay que seguir la intuición y estar alerta y preguntarte si algo determinado te sienta bien o mal. Lo bueno es que todo lo que vayas descubriendo acerca de ti, te ayudará en el futuro.

El problema es que a veces uno se puede atascar ahí, y creo que entonces el visionar dónde queremos llegar es importante. Lo malo es que cuando uno está en el fondo del pozo, a veces no puede siquiera pensar que haya otra posibilidad que estar en este pozo oscuro, mugriento y lleno de bichos.

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Vida mía, ¿Dónde estás tú que no te veo?

A mí las preguntas que me han servido son las siguiente: ¿Cómo quieres que te recuerden cuando te mueras? ¿Por qué cosas quieres que te recuerden? ¿Qué harías si no tuvieras ningún tipo de limitación económica, de tiempo, familiar o de otro tipo?

Preguntas del tipo: ¿Qué harías si te murieras en una semana-año? No me sirven, porque lo único que me provocan es un estrés tremendo y el síndrome de dar vueltas persiguiendo mi propia sombra. Si tienes tendencia a la autoexigencia estas preguntas te hacen más mal que bien. Y te hunden más, porque ves que no llegas y tu cuerpo se pone a 1000 para compensar.

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Vienes al mundo con un único cheque de tiempo de regalo. Es tu mayor tesoro.

Igualmente, el ser conscientes del que el tiempo es finito, es necesario para no postergarlo para la segunda o tercera reencarnación.

Si eres de los que se emocionan con cada cosa y te llaman la atención tanto ser astronauta de la NASA, como vender mojitos en un chiringuito en Nueva Zelanda, quizás te cueste distinguir lo que realmente quieres.

Quizás escojas cosas porque suenan bien y molonas de primeras y porque crees que te encantaría implementarlas en tu vida. Luego quizás descubras que realmente a la larga supondrían ahondar más en tu propia miseria personal.

Aquí creo que la clave es primero conocerse bien y ser realista, y segundo, hacer una lista de prioridades. Roma no se construyó en dos días, o eso dicen, yo no estaba.

  1. Ponerse manos a la obra: Piano, piano, si arriva lontano.

Una vez tienes más o menos claro qué quieres cambiar y cómo lo vas a hacer, creo que lo más importante en esta fase es mantener presente el punto 1 y 2.

Saber hacia dónde vas, y dejar que actúe como brújula. Si tu situación de partida es mala, también te ayudará ser consciente de lo mal que estabas en el momento de partida. Escríbelo, ten fotos si es necesario. Porque si bien no es necesario llegar a estar mal, remal para iniciar un cambio, está claro que si la única opción es cambiar, esto te va a dar más fuerza. Es una forma fina de decir que no te queda otra.

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Sé como un ave migratoria y guiate por tu intuición y por dónde quieres llegar

En cualquier caso, y para que cualquier medida sea sostenible en el tiempo, lo primero que hay que tener claro es que lo que sea que hagas te tiene que servir a ti.

Está muy bien querer mejorar la dieta, pero si llevas años comiendo fatal, igual pasarte a una dieta vegetariana o crudi-vegana no sea tu mejor elección de primeras. Vaya, que no vas a durar ni media semana y del estrés que te provocará, querrás comer mucho peor de lo que ya lo hacías.

Igual en este tema yo tengo mis propias teorías, pero como la implantación es radical* y eso no es posible para la gran mayoría de los mortales, lo más sensato es ir metiendo cambios poco a poco.

Y sólo lo podrás convertir en hábito si lo puedes hacer cada día de forma fácil
Y sólo lo podrás convertir en hábito si lo puedes hacer cada día de forma fácil

Entre otras cosas, también, hay que ser REALISTA. Hay cambios que requieren tiempo. En ocasiones mucho tiempo. Si por ejemplo, tu salud está resentida y tienes tantos síntomas que un abuelo nonagenario está hecho un chaval a tu lado, no te engañes, cambiar de hábitos no va a ser como la operación biquini, dos meses antes de verano para lucir palmito y listos.

No.

La mayoría de las veces, llegamos a un estado de insatisfacción vital y de decaimiento en la salud (incluso enfermedad) por la acumulación de pequeños gestos realizados con tesón y de forma repetida a lo largo de cada día de nuestra vida, de los últimos 5-10-15-20 o más años.

La buena noticia es que fuerza de voluntad y tesón sí que tienes. Oh yeah!

La mala, es que lo has hecho en la dirección que no era. Oops.

Cuando los hábitos se instalan, son como autopistas en el cerebro. Las señales neuroquímicas prefieren coger las autopistas, que son más rápidas, que pillarse un “proyecto de camino” que hay por el medio del bosque y lleno de zarzas. Esto es así y asumirlo te quitará mucha frustración.

Así que para dejar la Highway to hell, harán falta, lo primero consciencia, lo segundo una paciencia infinita, y lo tercero ser benignos con nostros mismos y ser nuestros animadores incansables.

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¡Eres la mejor! ¡Venga, venga! Un poc más, ¡tú puedes!

No torturarnos si las cosas no salen a la primera. No en vano, entre tú y yo, no puedes culpar a tus pobres neuronas de querer ir a por la vía fácil y rápida, cuando estamos continuamente buscando soluciones rápidas para todo.

Vivimos en la era del quick-fix: “Adelgace en 15 días, aprenda inglés en dos meses, abra un blog y en medio año gane suficientes ingresos pasivos, como para mandar a tomar viento a su jefe e irse a vivir a las Bahamas, etc.

¡Qué cansino! Sólo de pensarlo y me dan ganas de tumbarme en el sofá de puro cansancio.

Hazte del slow-movement. Es más sano y agobia menos.

Slow
Lento pero seguro

Además, es que sintiéndolo mucho, no funciona así. Sí, lo sé, es una putada, pero es lo que hay. Si las cosas no costaran, los atletas de élite en lugar de entrenar 8 horas diarias, se pondrían esos parches que mueven los músculos y se quedarían “descansando” en el sofá.

Piensa que si has estado 20 años de tu vida realizando mal las cosas, al menos, necesitas el mismo tiempo para que los nuevos hábitos sean una parte integral de ti. Como estarás aprendiendo de forma consciente, acortarás el tiempo en el que los hábitos darán resultados y se instalen, pero para que estos sean duraderos, tendrás que mantenerlos durante años. De por vida a ser posible.

Por eso mejor tomárselo con calma. Las células humanas, de media, se regeneran cada 7 años. Eso quiere decir que cada 7 años, se ven los resultados de tu estilo de vida de hace 7. Eso quiere decir, que si empiezas a cambiar ahora, aparte de los resultados más visibles e inmediatos, no verás todos los resultados hasta dentro de 7 años.

¿Es para tomárselo con calma o no?

 


En resumen, para mí, hasta la fecha, las reglas de oro del cambio son las siguientes:

Regla # 1: Sólo alguien convencido de que quiere cambiar, va a cambiar.

Regla #2: Tener razones poderosas para cambiar y que estén alineadas con tu forma de ver la vida o valores.

Regla #3: Perseverar será más fácil si  lo que ganas con el cambio es más de lo que pierdes.

Regla #4: ser valiente y ver la situación de partida de forma realista.

Regla #5: ser realista sobre tus objetivos y del esfuerzo que conllevan. Los milagros no ocurren de forma espontánea.

Regla #6: los cambios tienen que cumplir la regla de la sostenibilidad. Si no lo puedes mantener en el tiempo, es que ese cambio es demasiado ambicioso para ti ahora mismo. Adáptate. Sé realista y mantén prioridades.


*Considero que la mayor parte de los malos hábitos alimenticios denotan problemas emocionales y que sólo con un cambio radical de ambiente, el cuerpo empieza a hablar y a reclamar lo que es suyo, y no guarradas que nuestro cerebro está empeñado en querer para afrontar situaciones desagradables.

Sacando la artillería pesada

Hoy vengo con una entrada cortita, después de mi espumarrajo de entrada anterior (más sobre eso cuando toque).

Veréis, empecé este blog para hacer un seguimiento de la mejora de mi salud y bienestar general. Y es que durante los últimos años, he hecho cosas que deberían haber mejorado mi estado: terminar un trabajo agotador, descansar, comer bien, pensar “en positivo” (ya hablaré algún día de estos qué pienso de la actitud lobotomizadora de la psicología positiva).

Pero en lugar de ir a mejor, los síntomas físicos de agotamiento cada vez han sido más evidentes. No entendía nada. ¿Cómo puede ser? ¡Si cada vez hago menos, pero me canso más!

He leído una cantidad ingente de información y he dedicado parte de mi colchón financiero a dedicarme casi en exclusiva a ello.

¡Ejem! Me estoy empezando a plantear si esto funciona…

 

Mientras el resto de gente avanzaba en el caminito de su vida, y conseguían grandes gestas, yo me he quedado en la cuneta, me he puesto la bata, he sacado pinzas,  y me he puesto a analizar. Lo he llevado en silencio y me he tenido que tragar muchos comentarios condescendientes o indirectamente críticos, en plan, qué haces con tu vida, so parásito, te creía inteligente y curranta. Lo peor, sin duda, han sido mis propias críticas.

 

Pero algo me decía que tenía que hacerlo. Que si me montaba de nuevo en la rueda del hamster, acabaría donde antes. He dado muchos tumbos. Médicos, psicólogos, libros, DIY. Pero las piezas seguían sin encajar. Igual eran muchas y todavía no tenía una idea clara de qué imagen buscaba para armar el puzzle. Eso lo complicaba más. Y para qué engañarnos, en la era del desarrollo personal, la cantidad de paja presentada de forma sensacionalista no ayuda. Habían piezas que ni siquiera pertenecían al rompecabezas.

El escribir en este blog, entre otras cosas, me está permitiendo estar mucho más alerta de lo normal. Estoy como un sabueso rastreador. O como un científico, observando a sus bichos bajo el microscopio y anotando todo. Cansa mucho, no os lo voy a negar.

Y…¡Otra dioptría y neurona al traste! ¿Acabará esto alguna vez?

 

El otro día, me tuve que sentar con mi equipo de evaluación (yo y yo misma) para ver por qué había fallado estrepitosamente el último paquete de medidas, tomadas hace poco más de un mes. Dado el éxito del primer paquete, me sorprendió. Empecé a buscar causas del por qué las medidas anteriores habían funcionado y éstas no. Qué había hecho mal. Me di cuenta de que no había elegido el orden adecuado.

Me percaté de que la vez anterior elegí hábitos que a su vez cambiaron otros hábitos. Un dos por uno. Con tan sólo poner consciencia, cambiar fue fácil. En cambio esta última vez, ni siquiera pude con uno y, de premio, además, se llevó al traste todo el trabajo conseguido anteriormente.

Tengo la firme convicción de que lo que es bueno para el cuerpo, es fácil de implementar. Él sabe bien lo que quiere.

Y me he dado cuenta de que esta vez he elegido fichas demasiado grandes, tan grandes, que no las he podido mover. Porque esto de cambiar hábitos, es como las fichas de dominó puestas verticalmente una detrás de otra. Si tiras una, caen las demás. Una vez se ha puesto en movimiento, incluso las piezas más grandes y difíciles van a caer. Sólo tienes que saber elegir qué puedes atacar primero.

 Ya llegaré, ya, "one step at a time"
Ya llegaré, ya, “one step at a time”

 

Y como soy una picada de la vida,  maldije en arameo y decidí sacar la artillería pesada. ¡Ya está bien, copón! Que una cosa es cultivar la despreocupación y otra es ir malgastando tiempo y recursos. Organizationwoman se puso al mando.

Analicé y redacté  de nuevo la lista de los hábitos que por experiencia y observación creo que tendría que cambiar para dar un salto cualitativo.  Los agrupé de nuevo e intenté sacar patrones. Finalmente me hice un pequeño esquema, que a lo largo de los días ha ido evolucionando y simplificando. Menos es más. Mi mantra.

Así que, aunque  es un trabajo en progreso, os presento el último esquema que me he hecho, modificado y customizado para ser presentado en bonito. Además, he encontrado un símil que no podía venir más a cuento.

Y es que en la naturaleza, la forma de funcionar es bastante parecida  independientemente de la especie. Porque lo que funciona, funciona y eso se conserva a lo largo de la evolución. ¡Diles tontos a los bichos! Cogen lo que funciona y lo mejoran. El tener un buen conocimiento de los modelos más simples me está siendo de inestimable ayuda para resolver este galimatías.

 

Así que, para concluir, me he comprometido mano en pecho y mirada al cielo, a usar todo lo que esté a mi alcance  para a entender el sistema, mi sistema y así poder cambiar con algo de fundamento y racionalidad y no con la sensación de que estoy usando un remedio esotérico de una tribu zulú.

Porque si a mí me dicen que el mindfulness es bueno, me lo puedo creer o no, pero si sé por qué es bueno, y tengo pruebas de ello, tengo más probabilidades de darle una oportunidad (aunque a veces eso no será posible y tendré que creer). Ídem con consejos de nutrición, de descanso, etc. Ir al detalle, para evitar qué pase en el futuro, pero a la vez mantener la visión global, que es sin duda, la que me ha llevado hasta el punto en el que estoy.

Y es que, en los últimos días, por fin, se me ha aparecido la imagen clara del puzzle en mi mente. Y ahora todas esas piezas, que he ido poniendo sobre la mesa y mirando minuciosamente, están encajando a un ritmo vertiginoso. Incluso las más difíciles.

 

Y por último, me he propuesto firmemente, currarme esto un poco bastante más que hasta ahora. Investigar, analizar y aunar los datos e intentar explicarlo de la forma más fácil posible. Vaya, lo que viene siendo un currarse las entradas un poco. Por mí, y para en un futuro poder estructurarlo y así que sea más fácil de entender todo. Por si me pierdo, encontrarme rápidamente. Porque difícil es un rato y aunque ahora lo tengo claro, la prueba de fuego será, como siempre, la práctica. La que dictaminará si mi hipótesis es cierta o una chochez típica de científica loca.

 

El tiempo dirá.

 

 ¡Aquí os dejo  la presentación-esquema! Frikismo incluido.

 

Persona altamente sensible

Decía hace unos días, que en algún momento hace poco más de un año, en una de esas bombas emocionales tan desagradables para mí, tuve la revelación. Las causas de ese desbarajuste son intrascendentes, pero nada que no me hubiera pasado con anterioridad.

Pero en esa ocasión, y en el momento vital y lugar físico en el que me encontraba, me sorprendió más. ¡Así estamos todavía, cagontó!, me dije. Cuando mi yo racional intentaba mantener la compostura y actuar como ese jefe industrioso y organizado en medio de un desastre natural, con escaso éxito (es como decirle a un niño hasta arriba de azúcar después de un cumple con otros niños que se mantenga quieto y callado, sin molestar), topó por casualidades interneteras, con esta página:

The highly sensitive person

A pesar del nombre, que a mi cerebro le pareció, digamos que, poco de su gusto, hubo algo que incluso a mi yo racional le llamó la atención. Fue un momento “ajá”. Me sentí tan terriblemente identificada que no pude menos que hacer lo que suelo hacer cuando quiero comprender algo: leer todo lo que pueda sobre dicho tema. Así que no sólo me leí el material de la web y libros, sino que busqué más allá. Mi yo researcher me decía, carajo, pues tiene sentido. Mucho sentido.

Igual el nombre sigue sin parecerme adecuado. Porque lleva a confusión.

Pero vayamos al lío.

¿Qué significa ser una persona altamente sensible?

 

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Entender y aceptar quien eres

A esta conclusión he llegado cuando andaba leyendo blogs hace un rato. Se podría decir que en última instancia este blog trata de eso. No es un “cambiar para mejorar tu vida”, sino es un “cambiar para aceptar quien eres“. Y creo que ahí está la clave para cualquier cambio sano y duradero.

La verdad, si como yo, eres una persona que le da mucha importancia a la parte racional, a ir al fondo de la cuestión y a intentar llegar a la verdad universal o como mínimo a entender cómo funcionan las cosas, intentarás no dejarte llevar por las emociones. Porque las emociones vienen y van y parecen distorsionar la realidad y por tanto te impiden tomar una decisión objetiva. Los daños colaterales de esto, es que el ponerte en contacto con tus sentimientos es algo que te cuesta.

En mi caso, a veces es tan complicado que rayo en la frustración más absoluta. Entiendo que acceder a ellos es necesario, sobre todo por lo que voy a explicar más adelante. Pero es como si mis sentimientos estuvieran guardados en una caja fuerte cuyo código ni siquiera yo tengo.  Intento acceder, intento romper la cerradura, abrir la caja con fuerza bruta, o bien siendo gentil y paciente, observando la caja. Esperando por si acaso el duendecillo que habita la caja y que es responsable de su apertura, le diera por abrirla un rato. Una suerte de airerar 5 minutillos. Y yo, que ando agazapada tras un arbusto de mi mente, ojo avizor, haría un zas al duendecillo y le diría “cagada la has, duendecillo, ahora no vuelves dentro, que tengo trabajo que hacer ahí”. Y soltaría un “muajajajajaja” maquiavélico de rigor. Duendecillos a mí. JA.

Muajajajaja, te creías que ibas a poder conmigo...
Muajajajaja, te creías que ibas a poder conmigo…

 

Pero no. No funciona así, leider.

 

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